Chile y Bolivia: hacia una nueva lógica de integración

Columna de Sebastián Ainzúa Auerbach, coordinador del programa de Economía y Globalización de Fundación Terram, publicada en El Mostrador, 16 de abril de 2006.

Columna de Sebastián Ainzúa Auerbach, coordinador del programa de Economía y Globalización de Fundación Terram, publicada en El Mostrador, 16 de abril de 2006.


La línea del actual gobierno en torno a la relación con los vecinos bolivianos aún no está clara. Tal vez comience a dilucidarse cuando la presidenta Michelle Bachelet visite a Evo Morales y dé alguna señal política que marque el destino de estos 40 años de acercamiento diplomático, sobre todo teniendo en cuenta la última ofensiva del mandatario boliviano. Ésta se basa en llevar la discusión de petición de acceso al mar más allá de las negociaciones bilaterales y buscar apoyo en organismos internacionales que ejerzan algún tipo de presión en la postura chilena.

Como era de esperar, nuestro país ha rechazado desde el primer momento la discusión multilateral, argumentando que ésta tienen un origen en la efervescencia política de Bolivia más que en una necesidad urgente de ese país.

Sin embargo hay que ser cautelosos: el presidente Morales tiene hoy más apoyo del que jamás había tenido un gobernante de esa nación. Además, este problema se extiende por todo en Cono Sur, en donde las relaciones con Chile no están en su mejor momento por la constante actitud de nuestro país de excluirse del Mercosur para firmar tratados con economías más desarrolladas.

Dentro de este contexto, Chile debe entender que el tema del territorio y la relación de cooperación con los vecinos debe estar caracterizada por una apertura al diálogo. El clima político que hoy presenta América Latina propicia la cooperación entre los Estados del continente. El discurso boliviariano en pos de la integración adquiere cada día más fuerza y brinda un telón de fondo que reivindica, y también favorece, el restablecimiento del diálogo en el corto plazo.

Durante la estada de Evo Morales en Santiago y las reuniones que sostuvo con Michelle Bachelet, quedó explícita la idea de aunar esfuerzos por estrechar conversaciones que permitan el efectivo acercamiento de las naciones. Sin embargo, se evadieron los principales puntos del conflicto. ¿Por qué? Porque las autoridades temen al hecho de que aún la relación se encuentre expuesta a los peligros de no compatibilizar proyectos en común y volverse nuevamente regresiva. De todos modos, la demanda está posicionándose en un punto decisivo e ineludible de la política exterior.

Así, la relación chileno-boliviana tiene delante un momento coyuntural para limar asperezas y encauzarse hacia un desarrollo que profundice la interacción democrática, donde el diálogo más fluido entre los Estados y la proactividad de la sociedad civil trabajen en conjunto para superar las diferencias que históricamente los separan. Recordemos que sin comunicación y entendimiento no hay consenso posible, y sin consenso no se puede vislumbrar algún tipo de solución racional que conforme a los dos países.

Dentro del contexto de cooperación latinoamericana, es importante que Chile reconozca la necesidad de replantear su relación con los países de la región, no sólo porque se requiere afianzar los compromisos con el desarrollo del continente, sino también porque en el acercamiento social y político del resto de América profundiza el aislamiento de Chile y debilita las posibilidades de defensa ante las demandas bolivianas.

Ahora bien, más allá de la propia discusión respecto del mar, nuestro país tiene el deber de tomar un rol solidario dentro del continente. La integración y cooperación debe dejar de ser vista sólo desde la perspectiva económica, sino que tiene que mirarse de una forma más profunda.

 

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