La rebelión de los niños intoxicados

Los niños de la Escuela Gabriela Mistral, en el;Valle del Elqui,;salieron a la calle con máscaras antigás. No aguantan más. Llevan años soportando fumigaciones a metros de la sala de clases y en sus casas. Por primera vez, un médico diagnostica que las intoxicaciones se deben a los pesticidas. Los ambientalistas acumulan datos para llevarlos a las cortes internacionales, porque aquí llueve veneno. La Nación, 28 de octubre de 2007.


El mediodía del miércoles, los 221 alumnos de la Escuela Gabriela Mistral de Montegrande se calzaron máscaras antigás, tomaron las pancartas que habían preparado con sus profesores y salieron a la calle a reclamar contra las fumigaciones que los intoxican durante seis meses cada año. En las últimas semanas, coincidiendo con los momentos de mayor dureza de las aplicaciones de pesticidas, más de 40 alumnos han presentado síntomas evidentes: diarreas, vómitos, cefaleas, somnolencias. En la calle y acompañados por la gente del movimiento Elqui Sustentable, que lidera Justin Blau, y numerosos vecinos hastiados de respirar tóxicos, se produjo la primera protesta formal contra las empresas que vierten plaguicidas sin control sobre el valle. Esta acción fue encabezada por Ana Martínez, la directora del colegio.

Algunos alumnos y adultos, mareados, con vómitos, náuseas o diarreas, han ido a las postas de Paihuano, Montegrande o Pisco, donde la precariedad de los recursos impide llevar un control adecuado de sus casos, pero por primera vez un médico, Daniel Díaz, de Paihuano, certificó que dos pacientes adultos presentan "por más de un mes síntomas que me hacen sospechar de una intoxicación crónica debido a estas sustancias". Este diagnóstico inicia un proceso administrativo que debería continuar con los seguimientos toxicológicos a los intoxicados. Roberto Núñez, coordinador del proyecto medioambiental de la escuela, explica que sufren la contaminación desde agosto hasta noviembre, el peor mes, que tienen que llevar a los niños a la posta y a veces deben salir a trabajar a otro lugar porque ahí no se puede respirar. "Hemos recibido alumnos con malformaciones que pueden estar relacionadas. Este año matriculamos dos alumnos sin ano y otro ciego, todos hijos de temporeras", denuncia Núñez. Olga Flores, jefa técnica de la escuela, advierte que tienen "un alto nivel de niños con problemas de aprendizaje, demasiado lentos, limítrofes, con malformaciones congénitas, con problemas estomacales, y creemos que pueden estar relacionados, aunque no tenemos certeza".

Infierno entre los habitantes

Los alumnos llevan años conviviendo con los parrones a metros de la escuela y con esa contaminación, porque el valle de Elqui ofrece tres idílicos meses a los 300 mil turistas que lo visitan en verano y pequeñas dosis de infierno a sus poco más de cuatro mil habitantes el resto del año. La guardería está a menos de dos metros de las plantas de un predio y el recinto de la escuela está rodeado de plantaciones. Por un lado, del predio que explota Francisco Zepeda y su familia, y por los otros costados, del fundo Bella Vita, de Jorge Errázuriz.

Será por la costumbre o no, pero las autoridades hacen la vista gorda mientras las empresas incumplen las normas dictadas por el propio SAG, que determinan que no se puede fumigar ni verter líquidos cuando la temperatura ambiente supera los 20 grados lo que sucede tempranamente en el valle , que se debe poner banderas rojas sobre las zonas irradiadas y que nadie puede entrar en esos parronales en las siguientes 48 horas. El martes de esta semana, desde la terraza de una cabaña de Pisco Elqui, podían verse los tractores fumigando a mediodía, y dos horas después, una cuadrilla estaba trabajando entre las hileras recién rociadas, algunos en short y sin camisa. Como dijo un empresario de turismo, "el propio alcalde pasa desde Pisco hasta Paihuano y delante de la escuela, cuatro veces al día, y no puede ser que no se dé cuenta de que están fumigando sin respetar las normas ni a la gente".

El veneno contra la coca

En la primavera brotan los racimos y atacan los insectos que se han larvado en el invierno, cuando las parras recibían hormonas de crecimiento. Las últimas semanas han sido duras para las escuelas y guarderías del valle. En Pisco Elqui, en la sala cuna de la Junta Nacional de Jardines Infantiles, Máxima, una monja de las carmelitas misioneras, sufre una alergia en las piernas, con manchas rojas. "Me quemaba entera y no podía dormir por las noches", cuenta mostrando sus piernas con sarpullido.

En la sala cuna hay 17 niños y, según Máxima, "se nota cuando han fumigado porque llegan todos con la misma diarrea, o con problemas bronquiales y conjuntivitis".

Aunque los empresarios Zepeda y Errázuriz desmienten usar pesticidas prohibidos y aseguran respetar las normas, es evidente que algo falla en los sistemas de fiscalización y que el recuerdo de Wilson Rojas, el trabajador que murió en enero de 2005 después de una larga enfermedad, ronda en la mente de los elquinos (ver recuadro).

Según el voluminoso y exhaustivo dossier que guarda Sergio Pablo Rojas, el médico del Hospital de Carabineros y secretario nacional del Colegio Médico, que atendió a Rojas en los cuatro años que duró su enfermedad, el linfoma no Hodking que provocó su muerte fue precedido de una "súper rara linfoadenopatía. Encontré bibliografía que lo relacionaba con alergias y causas tóxicas. Interpuse reclamos en la Superintendencia de Seguridad Social, que desestimó considerarlas accidentes del trabajo, y en la Comisión Médica Preventiva y de Invalidez de La Serena, que revisó el fundo y concluyó que había irregularidades".

El médico mira ese dossier cada semana en su oficina y confía en volver a presentar esos datos ante algún tribunal porque está seguro de que se trata de un cáncer producido por exposición a pesticidas. Sobre todo desde que vio en televisión a Colin Powell, ex secretario de Estado de EEUU, defender el bombardeo de pesticidas para eliminar las plantaciones de coca en Colombia, cuando un pueblo reclamaba porque había sido fumigado e intoxicado. Sobre todo porque se trataba de Ran-Up, el mismo que por esos años repartía indiscriminadamente Wilson Rojas desde su tractor en los parronales del valle.

Wilson Rojas, el tractorista que murió por los pesticidas
 
Hortensia tiene 46 años y es la viuda de Wilson Rojas, la primera víctima de las intoxicaciones sufridas durante años de exposición a los pesticidas sin protección en el valle de Elqui. Él dejó su piel trabajando en el fundo Bella Vita, entonces de propiedad de Andrónico Luksic y Jorge Errázuriz.

La muerte se produjo por la irrupción fulminante de un linfoma no Hodking, y a pesar que el médico que lo atendió asegura que los pesticidas tienen la culpa, la familia nunca recibió ni indemnización ni pensión.

El movimiento Elqui Sustentable prepara los antecedentes de la muerte del tractorista para llevarlos a una corte internacional que juzgue la responsabilidad de los patrones de Wilson Rojas. Éste es el relato de Hortensia.

“Él se enfermó aplicando pesticidas, estuvo hospitalizado un mes en La Serena, lo mandaron para la casa, aquí se agravó y gracias a mi cuñada que trabaja en el Hospital Barros Luco en Santiago lo llevamos para allá. Estuvo más de dos meses. Llegaron a la conclusión que los pesticidas le habían hecho mal y le dijeron que tenía riesgo de cáncer a la sangre. Nos vinimos, él estuvo aquí como una semana con descanso y volvió a trabajar. Lo mandaron de nuevo a echar herbicida. Al mediodía tuvo que venirse a la casa, con una alergia terrible. Afiebrado, con una mancha roja grande desde la cintura hacia abajo, como si le hubieran arrancado la piel con agua hirviendo. Lo volvimos a llevar a Santiago y los doctores llegaron a la misma conclusión: los responsables eran los pesticidas. Wilson era tractorista y estaba muy expuesto porque en ese tiempo –año 2000– no estaba claro hasta qué punto era tan peligroso y no se usaban las protecciones de ahora. Cuando se bajaba del tractor se tiraba al suelo porque no aguantaba los dolores y cuando llegaba a la casa se tiraba en la cama y nadie lo movía. A la vuelta de ese segundo viaje a Santiago, imagínese, estábamos con deudas, con los niños estudiando y a ellos no les convenía tenerlo como trabajador. Le ofrecieron un finiquito de un millón noventa mil pesos. Lo aceptamos porque creíamos que Wilson se había mejorado, pero quedamos de brazos cruzados.

En ese tiempo, ellos estaban respaldados por la Asociación Chilena de Seguridad y a Wilson, como trabajador, no lo apoyaron para nada. Rechazaron todos los documentos que presentamos y no pudimos sacar indemnización ni jubilación. No sacamos absolutamente nada. Cuando salía del valle se sentía bien y cuando volvía le daba recaída. Era raro, porque Wilson no tenía otras enfermedades, y ahora su hermano, que trabaja en lo mismo, está igual, con los mismos síntomas y también tiene esa alergia. Yo le digo a mi cuñada que se vayan del valle porque terminará como mi marido. Aquí todos padecemos dolores de estómago y de cabeza. El otro día, la Isidora Belén, la guagüita de ocho meses de mi hija Ilse (22 años), se enfermó, la llevamos al pediatra de La Serena y le dijo que se trataba de algún virus que hay en el aire. Pero nosotros sabemos que son los pesticidas. Mi hijo pasa todas las semanas con los ojos congestionados, le salen unos globos en los ojos.

Lo que yo quiero es que no haya más familias que pasen por lo que pasamos nosotros. Me quedé viuda a los 40 años, con cuatro hijos chicos, se vino abajo una familia. Una trata de sacarla adelante, pero le falta el principal pilar de la familia. Te queda ese recelo y esa rabia”. 
 
 

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