¿Combustible para los ricos o alimento para los hambrientos?

El etanol surgido de alimentos parece un mal negocio. Como antídoto al cambio climático su aporte es insignificante, pues emite solamente 13% menos de gases que la gasolina y su explotación parece un mal chiste para 800 millones de humanos que no tienen suficientes alimentos en el mundo. La clave es generar gasolinas ecológicas de fuentes no alimentarias. La Nación, 19 de Noviembre de 2007


Como un estudiante holgazán ante la inminencia de un examen final, el Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, afronta la crisis de los hidrocarburos con ambiciosas metas para producir anualmente 35 mil millones de galones de agrocombustibles para 2017.

El Gobierno de Bush aprieta el acelerador del etanol, alarmado por el aumento del precio del petróleo, la inestabilidad en regiones ricas en hidrocarburos y la creciente competencia por esos recursos de potencias como China e India.

Pero, empujado por poderosos intereses, el Presidente eligió el etanol de maíz, opción cara, ineficiente y destructiva.

El etanol no es intrínsecamente un mal negocio. Pero la única nación que ha explotado su potencial práctico es Brasil.

Un amplio sector del transporte de ese país utiliza etanol refinado de la caña de azúcar, que llena los tanques de vehículos adaptados al uso de ese biocombustible, fabricados en el propio Brasil.

Con una eficacia energética ocho veces superior a la del alcohol carburante de maíz, el etanol brasileño habría conquistado por completo el mercado estadounidense si Washington no le hubiera aplicado un arancel aduanero de 54 centavos de dólar por galón (3,78 litros) para proteger los intereses de los maiceros estadounidenses.

En los últimos años, grandes empresas distribuidoras de alimentos como Cargill y Archer Daniels Midland han presionado a la Casa Blanca y al Congreso legislativo para obtener generosas subvenciones a la producción de maíz, que se suman a la barrera arancelaria de 54 centavos por galón.

Mal negocio

El etanol de maíz resulta un mal negocio en muchos aspectos. Como antídoto al cambio climático su aporte es insignificante, pues emite solamente 13% menos de gases de efecto invernadero que la gasolina.

Sus costos elevados son evidentes para 800 millones de personas que no tienen suficientes alimentos en el mundo. La presión de la demanda de etanol de maíz causó el año pasado en México un aumento de 50% en el precio de las tortillas, base de la alimentación de los mexicanos.

China e India empiezan a sufrir la inflación provocada por el encarecimiento del maíz y de la soja. Las existencias mundiales de alimentos se reducen a niveles en los cuales no será posible contrarrestar una hambruna como las que provocan cada vez con más frecuencia las sequías, las inundaciones y otros disturbios climáticos.

Pero el etanol de fuentes no alimentarias podría proporcionar significativos beneficios y evitar la oposición, éticamente detestable, entre combustible para ricos o alimento para hambrientos.

Por ejemplo, el etanol de celulosa, obtenida de desechos de madera y de pasturas, ofrece una alternativa potencial.

Considerado inicialmente hace una década, ha sido lento en desarrollarse por la escasez de capitales y por un obstáculo tecnológico sustancial para obtener de modo eficaz y económico la descomposición enzimática de la compleja cadena química de la celulosa a gran escala. Hasta hoy no se ha construido ninguna gran planta de etanol de celulosa y ese proceso enzimático sigue siendo más caro que el del maíz.

La clave para reducir los impactos económicos y ambientales del etanol consiste en usar desechos alimenticios y cultivos dedicados a la producción de combustibles en tierras desgastadas o no apropiadas para otras formas de agricultura.

Hay una especie de justicia poética en replantar las Grandes Planicies de América del Norte con las resistentes pasturas originarias que alguna vez alimentaron a millones de búfalos. Pese a que este tipo de producción está muy atrás en subsidios y en inversiones respecto del maíz, el etanol de celulosa está comenzando a ganar impulso.

No hubo nada en las últimas décadas que haya generado en el sector privado tanto entusiasmo ni inversiones como esta producción, dice Keith Collins, economista jefe del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

Sin embargo, aunque el maíz sea finalmente reemplazado por la celulosa, seguiremos enfrentando el desafío de poner a los intermediarios del agronegocio, una de las fuerzas más potentes en el mundo, a tono con las necesidades humanas que están lejos de ser su prioridad.

Irónicamente, los altos precios de los alimentos no ayudan a los agricultores ni a los consumidores. Como decía una balada popular en tiempos de la Depresión en Estados Unidos, el intermediario es el que se lleva todo.

El alimento debe estar sobre todo al servicio de un derecho humano, y no ser una simple materia prima que se comercia a expensas de aquellos que no pueden permitírsela. Debemos estructurar un sistema de producción de combustibles y de alimentos más inspirado en valores humanos que en el interés de los accionistas.

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