¿Comer o manejar?

¿Pesan algo los dos mil millones de personas más pobres del planeta ante los 800 millones de automovilistas? La Nación, 18 de marzo de 2008.


La pregunta, planteada por el economista estadounidense Lester Brown, nunca ha tenido mayor actualidad. Naciones Unidas, por intermedio del Programa Mundial de Alimentos, está alarmada ante el desvío de las tierras cultivables en favor de los agrocombustibles.

El alza del precio del barril no puede más que elevar la confiscación del espacio agrícola de vocación alimentaria por un petróleo verde cuyas supuestas virtudes se encuentran cada vez más en duda. Elogiados otrora por su capacidad de reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, ofreciendo al mismo tiempo una alternativa a las energías fósiles, los agrocombustibles muestran sus limitaciones: en clima temperado, su rendimiento energético es débil.

La utilización de abonos, de maquinaria agrícola y la refinación de esta biomasa conducen a un saldo de carbono decepcionante, en realidad negativo. En Europa, recuerda la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), habría que convertir 72% de las tierras cultivadas para producir 10% de las necesidades de combustible del transporte carretero.

Bajo los trópicos, la expansión de los agrocombustibles amenaza las selvas, en contradicción con la lucha contra el cambio climático. Ciertamente, en lo que compete a los precios del oro negro, la producción de agrocombustibles se hace cada día más rentable, pero en los países industrializados depende de las subvenciones otorgadas a esta industria por los gobiernos.

La agricultura energética pesa aún solo marginalmente en el alza general de los productos básicos. Pero su auge programado no puede más que colisionar con las crecientes necesidades alimentarias de la humanidad: de aquí a 2030, la demografía y la evolución de los hábitos alimenticios exigirán un aumento de 50% de la producción.

Hasta hoy, Europa, al igual que el resto del mundo, hace como si el planeta pudiera asegurar a la vez seguridad energética y seguridad alimentaria.

Los programas de estímulo a los agrocombustibles están siempre vigentes. En Francia, paradójicamente, el asunto ha sido eludido, pese a ser tan crucial como el de los productos genéticamente modificados.

Sin embargo, numerosas organizaciones y una parte del mundo agrícola cuestionan los objetivos franceses de producción de agrocombustibles, más ambiciosos que los de la Unión Europea. Investigadores e industriales, por su parte, prometen agrocombustibles más virtuosos, de segunda generación.

Mientras tanto, la acumulación de las dudas requeriría por lo menos una pausa para reexaminar los desafíos: la seguridad alimentaria no debe ser sacrificada en beneficio de un arma de eficacia dudosa contra el cambio climático.

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