La biomasa debe ser la opción de Chile en biocombustibles

Columna de Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Terram, publicada en la Revista del Campo de El Mercurio, el 31 de marzo de 2008.


Chile ha basado su desarrollo en la extracción y exportación de recursos naturales, sustentado en una política energética sin planificación. Por ahora, la regulación del modelo energético chileno queda en manos de las generadoras y distribuidoras que tienen como objetivo aumentar la demanda, lo que ha llevado a un creciente consumo. Esto, unido a la falta de una política pública que proteja a los ciudadanos, genera la actual crisis de suministro.

En el mediano plazo es necesario discutir una política energética que garantice el suministro, otorgue autonomía y diversifique la matriz. En este contexto, desde hace un par de años ha aparecido un nuevo actor energético: los bio/agrocombustibles. Pero si queremos ser rigurosos y de verdad estudiar las potencialidades de Chile en materia de abastecimiento energético, a partir de materia orgánica, debemos analizar la bioenergía, que comprende a los bio/agrocombusibles, el biogas y la biomasa, conceptos que suelen confundirse y que no son equivalentes. Los principales bio/agrocombustibles son el etanol y el biodiésel. El etanol es un alcohol que se produce a partir de la fermentación de algunas especies de plantas como caña de azúcar, maíz y trigo. El biodiésel es un combustible orgánico que se obtiene de aceites vegetales (raps, soya, maravilla, jatropha) o animales. El metano es un gas (biogas) generado por la descomposición de materia orgánica.

La biomasa, en tanto, es la producción de energía a partir de rastrojos y desechos agrícolas y/o forestales. En la discusión reciente, este tipo de fuente energética ha sido tal vez la menos considerada en la planificación y generación de proyectos, tanto del sector público como privado. Esto resulta tremendamente incoherente, dado que si hay un área de la bioenergía en el que Chile podría avanzar es precisamente en el desarrollo de la biomasa. Esto porque en la actualidad entre el 14 y el 17% del consumo de la matriz energética de Chile corresponde a leña, lo que la posiciona como uno de los más importantes proveedores energéticos del país.

Parece razonable pensar que sería altamente ventajoso invertir en biomasa, en lugar de intentar desarrollar biocombustibles a partir de cultivos agrícolas que podrían impactar negativamente a pequeños y medianos agricultores.

Si Chile quiere tener una matriz energética diversa, que se autosustente y sea segura, debería avanzar en generar estudios y coordinar políticas para hacer más eficiente el uso de la leña, transitar a la utilización de la biomasa, invertir en proyectos I+D en sistemas de generación eléctrica, a partir de rastrojos y desechos agrícolas y forestales que beneficien a los pequeños y medianos propietarios, así como incorporar como un requerimiento estándar que las poblaciones que se construyan en el sur cuenten con sistemas de calefacción de calderas que se abastezcan de biomasa. Esto evitaría, además, tener miles de estufas a leña mal diseñadas contaminando las ciudades del sur.

Es necesario buscar, a partir de la realidad nacional, la manera de perfeccionar el sistema energético para beneficiar a la gente, en lugar de apostar por fuentes de desarrollo incipiente y, sobre todo, inciertas, como son los biocombustibles, con el propósito de favorecer las ideas, intereses o expectativas de un sector.

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