Los peligros de la manipulación genética: ¿Aprendices de brujos?

La popularización de las técnicas genéticas no sólo ofrece garantías, también presagia algunos riesgos: el que cada uno pueda fabricar sus propios organismos genéticamente modificados para los fines que quiera. La Nación, 12 de marzo de 2008.


La manipulación genética estandardizada al punto de convertirse en un tema de investigaciones prácticas y cotidianas para estudiantes de liceo: tal es el temor de David Bensimon, director de investigaciones del laboratorio de física estadística de la Escuela Normal Superior de París. "La principal revolución venidera será hacer más populares de las técnicas que permitirán a cada uno fabricar sus propios organismos genéticamente modificados (OGM)", afirma. Unas prácticas mucho más peligrosas que la explotación actual del maíz transgénico que se mantiene fuertemente enmarcada y controlada.

"Mañana, todo alumno superdotado podrá fabricar su bacteria, la que arrojará luego al basurero o al baño", teme David Bensimon. Para apoyar esta convicción, cita la competencia anual IGEM (International Genetically Engineered Machines), organizada en 2004 por el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Destinada a los estudiantes, esta competencia tiene como vocación responder a la siguiente pregunta: "¿Pueden sistemas biológicos simples ser construidos a partir de compuestos estándares e intercambiables con el fin de que funcionen en células vivas? ¿O bien es la biología demasiado compleja para que sea posible tal ingeniería?" Para luego proponerle a los participantes crear, por ejemplo, la bacteria ‘más cool’".

"Un año ganó la que olía a plátano", recuerda David Bensimon, para quien "esas técnicas se vuelven cada vez más accesibles".

Para obtener ese resultado, "basta" en efecto con sacar el patrimonio genético de la bacteria de origen y remplazarlo por otro. ¿Se convertirá, durante este siglo, en un actividad recreativa como cualquier otra? ¿Ofrecerá nuevas armas a los terroristas?

Estas son preguntas tanto más pertinentes cuanto el hecho de banalizar las manipulaciones genéticas no tiene su fuente en las competencias estudiantiles, sino bien en las investigaciones de renombrados científicos.

Aquellas, por ejemplo, del estadounidense Craig Venter, cuyo equipo acaba de dar un paso adelante hacia la creación de una bacteria provista de un genoma sintético. Como aquellas de la veintena de expertos en biología sintética que se reunieron, en junio de 2007, para un simposio internacional organizado en Hulissat, un remoto lugar del oeste de Groenlandia.

Biología sintética

La biología sintética "tendrá profundos efectos sobre la humanidad durante los próximos 50 años", concluyeron los participantes de ese Kavli Futures Symposium en una declaración común. Porque "la construcción de secuencias genéticas comparables al tamaño del genoma de organismos simples es ahora posible". Lo que constituye una primera etapa hacia la obtención de un organismo capaz de llenar las funciones que se le quisiera asignar: asegurar, por ejemplo, la conversión de plantas en combustibles, permitir crear nuevos medicamentos o destruir las células desviadas en el cuerpo humano.

Para construir tales células artificiales "creando la menor cantidad de problemas ecológicos como sea posible", serán necesarios aún "años o décadas", estiman los investigadores, que no subestiman los vaivenes inherentes a tal tecnología. "Necesitamos desarrollar medidas de protección contra los accidentes y los abusos de la biología sintética", declaran destacando que "los riesgos son reales, pero los beneficios potenciales verdaderamente extraordinarios".

Esperanzas y temores

Un dilema que recuerda aquel que ya tienen nuestras sociedades con los OGM, que hace una década despiertan tantas esperanzas como problemas de progreso que temores de una diseminación descontrolada.

Crear vida artificial también suscita inquietud de Jean-Pierre Dupuy. Recordando el viejo objetivo asignado al hombre por Descartes -"Volverse amo y señor de la naturaleza"- ese filósofo desarrolla una crítica original de las nanotecnologías (a las cuales pertenece la biología sintética, en la medida en que manipula los componentes de lo viviente a escala del nanómetro). Y se revela contra la posición de aquellos que estiman que hoy es urgente "controlar el control" de los seres humanos sobre la naturaleza, como si el problema estuviera en una simple supervisión y control de las prácticas científicas.

"No es simplemente por error que las invenciones escaparán de las manos de sus creadores, sino a propósito", afirma. Ahí reside, para él, la verdadera ruptura introducida por las nanotecnologías. Para apoyar su tesis, Jean-Pierre Dupuy cita al australiano Damien Broderick, escritor de ciencia ficción e investigador honorario de la Universidad de Melbourne, para quien los nanosistemas, concebidos por el espíritu humano, podrían tener como objetivo cortocircuitar "el vagabundeo de la teoría de Darwin" y promover "el éxito del diseño". Dicho de otra forma: sustituir al azar que preside en parte a la evolución de la vida en la Tierra un pilotaje por el ser humano, destinado a satisfacer sus necesidades.

No hay cabida, en una lógica como ésa, para dejarle ese rol a la naturaleza: gracias a las manipulaciones genéticas, la ciencia puede de ahora en adelante tomar las riendas.

Nueva alianza

Así, el filósofo Xavier Guchet ve más bien en las nanotecnologías una nueva alianza entre hombre y naturaleza. Cita como prueba de ello un proyecto del Laboratorio de Arquitectura y de análisis de los sistemas (LAAS) de Toulouse, cuyo grupo "nano" trabaja en uno de los motores biológicos más pequeños, situado en la membrana de bacterias.

El objetivo: extraer ese motor de 45 nanómetros de diámetro de su membrana, usarlo como un flagelo e integrar en un nanoobjeto con el fin de asegurar su desplazamiento (por ejemplo en el sistema sanguíneo). "La ruptura se sitúa en la nueva relación que mantenemos con la materia, señala Xavier Guchet. De ahora en adelante, podemos delegar a ésta la función de construir, pero sin prejuzgar el éxito de la aventura".

Sea lo que fuere, el siglo XXI verá nuestras relaciones con la naturaleza volverse cada vez más complejas. Terroríficas para algunos. Fascinantes para otros.

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