“Un negocio demasiado bueno para ser real”

Esta no es la frase de un fanático ambientalista ni de un anticapitalista trasnochado. Pertenece a un ejecutivo de la industria, citado en el siguiente artículo donde el periodista Fernando Paulsen repasa una a una las afirmaciones del periódico y analiza su veracidad. Un ejercicio racional más allá de la pataleta mediática donde gobierno y empresarios se envolvieron en la bandera para salir a enfrentar a quienes atentan contra la Patria económica. El Mostrador, 08 de abril de 2008.


El diario The New York Times ha caído en desgracia ante el gobierno de Chile y la industria salmonera. La decisión de uno de los supermercados más grandes de EE.UU., Safeway, de suspender sus adquisiciones de salmones chilenos, unido a la sensación térmica de desastre instantáneo que se respira cada vez que un medio internacional connotado se refiere con críticas a lo que se hace en Chile, generó uno de los abrazos más súbitos y estrechos entre Gobierno y sector privado de que se tenga memoria. En menos de una semana, La Moneda había nominado al encargado de la Imagen País, Juan Gabriel Valdés, coordinador oficial del Estado y la industria salmonera, para responder a esta situación.

Antes de que Valdés hiciera sus primeras intervenciones públicas, el ministro de Relaciones Exteriores, Alejandro Foxley, había señalado:

"Vamos a estar atentos para apoyar una acción internacional que desmienta algunos hechos que ahí se afirman y que no están para nada comprobados". En el mismo día se pronunciaron, además de Foxley, el ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, y el embajador en Washington, Mariano Fernández, enviaba una carta al New York Times, enfatizando la importancia de la industria salmonera para Chile y estableciendo que la FDA norteamericana nunca había hecho cargos a la producción de peces chilenos. Juan Gabriel Valdés, ya posicionado de su nueva misión ratificó el vínculo con los productores privados de salmones: "Queremos apoyarlos (a los productores de salmón) en las medidas que ellos van a tomar y estamos atentos a que esto no se transforme en una campaña que pueda dañar seriamente un sector exportador chileno".

Todo esto por un artículo en The New York Times. Como dice Joan Manuel Serrat, en su canción Señora, "cuando se abre una flor/ al olor de la flor/ se te olvida la flor". Resulta que parece que muchos escucharon New York Times, escucharon campaña contra salmones chilenos, vieron a las autoridades de gobierno y empresarios del sector en la televisión y se olvidaron de leer el artículo. Esa es la fuente documental de esta reacción, donde gobierno y empresarios se han envuelto en la bandera nacional, para salir a enfrentar a quienes atentan contra la Patria económica.

Las afirmaciones y las fuentes

Leámoslo. El artículo del diario neoyorquino hace cinco afirmaciones factuales:

1.- Existe un virus en Chile, el ISA (Anemia Infecciosa del Salmón), que está "matando millones de salmones", destinados a los principales mercados mundiales.

2.- En la producción de los salmones, desde hace algún tiempo, se han utilizado antibióticos para enfrentar una serie de enfermedades no-virales en los peces. Algunos de estos antibióticos estarían prohibidos para uso animal en EE.UU., principal mercado comprador.

3.- Este nuevo virus afecta en especial a una compañía de propiedad noruega, Marine Harvest, la mayor productora de salmón del mundo y que exporta el 20% de la producción chilena.

4.- Han habido estudios que revelan la presencia de antibióticos en salmones exportados a Europa, Japón y Estados Unidos.

5.- Pescadores de las zonas contiguas a las granjas de salmones dicen que los peces silvestres están consumiendo los pellets que se escapan de las jaulas de salmones, recibiendo los medicamentos cuestionados y afectando su tamaño y coloración.

Para todo lo anterior hay citas que refutan, o confirman, o expanden las afirmaciones antes señaladas. Sólo una organización, de todas las mencionadas en el artículo, se negó sistemáticamente a responder preguntas de los periodistas del Times: el Gobierno de Chile, a través del Servicio Nacional de Pesca, que recibió solicitudes de entrevista y cuestionarios escritos, sin responder ninguno.

En el artículo hablan científicos, pescadores, encargados técnicos de centros de estudio ecológicos, dirigentes de la Asociación de Salmoneros de Chile; se citan documentos de la Organización de Cooperación Económica y Desarrollo, de la Food and Drug Administration, de EE.UU., incluyendo a un vocero sobre el caso chileno. También participa Marine Harvest, la empresa noruega citada como principal afectada por el virus, a través de dos voceros, uno desde la central en Oslo y el otro ejecutivo de su granja en Chile. La única autoridad pública chilena citada en el artículo es el director del puerto de Castro, Adolfo Flores, quien señala que una gran cantidad de bolsas encontradas en una bodega de ese puerto, y rotuladas como Marine Harvest y "medicamentos para peces" contenían comida y medicamentos, como antibióticos, colorantes y hormonas de crecimiento.

Las evidencias que hay y las que faltan

Las primeras tres afirmaciones son confirmadas en parte en el mismo artículo por los ejecutivos de Marine Harvest. Cito dos párrafos muy gráficos, atribuidos a Arne Hjetnes, principal vocero de Marine Harvest en Oslo:

-(Hjetnes) "…reconoció que el uso de antibióticos es muy alto en Chile y que la proximidad de las jaulas había contribuido a algunos problemas…"

-"Algunas personas han argumentado que esta industria es demasiado buena para ser verdad. Pero en la medida que todos estén haciendo montones de plata y que les haya ido bien, no se ha visto la necesidad de medidas (de control) más severas", dijo el señor Hjetnes.

Sobre la existencia de salmones que han contenido antibióticos y que han sido exportados a Europa, Japón y EE.UU., tanto en Holanda como Gran Bretaña, en 2003, bloquearon partidas de salmón chileno, por haberse usado supuestamente Malaquita Verde, un teñidor de tela, en su producción. Estos casos están registrados en numerosos despachos en Internet de la época, pero este compuesto químico no es un antibiótico, sino un colorante industrial, utilizado contra plagas de peces, prohibido en Estados Unidos desde 1991 y en Chile desde 1995.

En septiembre de 2003 en Japón fue detenido un cargamento de salmones chilenos revisado al azar, por contener dosis excesivas de oxytetracyclina, un antibiótico que, como lo resalta incluso un estudio disponible en internet de Alpharma, una de las empresas farmacológicas más importantes de medicamentos humanos y animales, se utilizó efectivamente en Chile para enfrentar un brote del virus Vibrio Ordalii, en julio del 2003. Se agrega en el estudio, que además se utilizó flumequina y ácido oxolínico en el proceso (Ver sitio web del estudio de la compañía)

Como se ve, lo que dice el autor del diario neoyorquino es factualmente correcto.

La quinta aseveración del artículo del New York Times tiene que ver con lo que está pasando con los peces silvestres en el entorno de las granjas de producción salmonera. Aquí el autor del artículo pecó por omisión. Sólo cita a un pescador de Cochamó, Víctor Gutiérrez, para referirse a la disminución de la pesca de róbalo y a la nueva contextura rosácea de los peces tradicionales, lo que el hombre asocia a consecuencias producidas por las cercanas granjas de salmones.

De hecho, esta opinión pudo haberse asociado a estudios específicos, citados en múltiples escenarios, y que ratificaban que los peces del entorno de las granjas estaban consumiendo comida de los salmones de granja, y que éstos contenían trazas de antibióticos y otros químicos.

El articulista del New York Times pudo haber citado el documento titulado: "Residuos de tetraciclina y quinolonas en peces silvestres en una zona costera donde se desarrolla la acuicultura del salmón en Chile", de los científicos Felipe Cabello, Antonia Fortt y Alejandro Buschmann, publicado en la Revista Chilena de Infectología, en su volumen del 24 de febrero de 2007. El título está pensado para expertos, pero lo que hicieron lo puede entender cualquiera: "Durante el mes de noviembre del año 2005 se pescaron, en la localidad de Cochamó, en el seno del Reloncaví, alrededor de un recinto acuícola que cultiva salmón del Atlántico (Oncorhynchus kisutch), trece individuos de especies de vida libre en el lugar". Las especies incluyeron cinco róbalos, cinco cabrillas y tres truchas arco iris.

¿Qué hicieron los científicos?: los abrieron y vieron qué contenían sus estómagos, lo que se realizó en el laboratorio de análisis SGS de Aquatic Health en Puerto Varas. Los peces silvestres tenían la mayoría pellets de alimentación de salmones en granjas vecinas. En uno de ellos, una cabrilla, mostraba 2 partes por billón de la quinolona ácido oxolínico. Un róbalo también contenía alimento para salmón en su estómago, donde se hallaron 4 partes por billón de este mismo compuesto. Y otra cabrilla mostraba 87 partes por billón de oxitetraciclina, pero sin contener tabletas de alimento para salmón en su intestino. Una trucha arco iris mostró trazas de flumequina.

¿Cómo llegaron esos químicos a los estómagos de peces en agua libre?, siendo que los pescaron en las inmediaciones de las jaulas de salmones de granja. La respuesta obvia es que los peces silvestres comieron el alimento que se escapaba de las jaulas. Estos peces libres son capturados y consumidos por humanos, por lo que detectar medicamentos y químicos en ellos debiera ser importante, particularmente el ácido oxolínico, prohibido en varias partes del mundo por su nocividad para el ser humano.

El articulista del New York Times citó al doctor Cabello, una eminencia mundial en Microbiología, pero no citó su documento más relevante. Dicho sea de paso, el doctor Cabello y los demás autores de este "paper" no condenan en él a la producción salmonera chilena. Pero advierten que: "Estos resultados sugieren que el uso de antibacterianos en la acuicultura del salmón, como ha sido demostrado en otros países, tiene efectos ambientales que se proyectan más allá de los recintos de acuicultura. Se indica que dada la relevancia de estos hallazgos para la salud humana y animal, el ambiente requerirá de estudios más amplios y detallados para implementar futuras regulaciones del uso de antibacterianos en acuicultura".

Conclusión ¿Dónde están los errores garrafales del New York Times? Probablemente en no enfatizar que la situación de uso de antibióticos en la producción de salmones chilenos está documentalmente comprobada en torno a una empresa, Marine Harvest, aunque se sospeche que el resto de la industria no está muy lejos, como lo atestiguan explícitamente las fuentes, con nombre y apellido, de esa empresa.

Creo que también fue un error no haber incluido el documento del doctor Cabello, Fortt y Buschmann en el artículo, con link al sitio web respectivo de dónde se podía bajar y leer completo.

El abrazo gobierno-salmoneros

El abrazo cómplice y solidario del gobierno de Chile con una industria privada, que históricamente ha tenido bajos niveles de regulación, de lo que han dado cuenta funcionarios públicos en innumerables veces, me parece un contrasentido y un acto discriminatorio. Una de las ventajas que tiene estar hablando de hechos científicos y no de opiniones es que los primeros se pueden verificar con muestras al azar y experimentos ad hoc. Si de formar comisiones se ha tratado en gran medida este gobierno, por qué, en vez de jugarse totalmente a una defensa sobre un tema que se desconoce, no se forma una comisión especial con científicos chilenos y extranjeros, consensuados por las empresas salmoneras, los compradores principales, los reguladores de los principales mercados de destino del salmón chileno y las dos o tres más serias ONG dedicadas a la acuicultura, para que en un plazo muy breve tomen muestras de los peces en granja y libres, en distintas etapas de edad, y se midan los contenidos de sus estómagos, para salir de dudas de una vez.

Una guerra de opiniones en materias objetivas es una pérdida de tiempo y una táctica para relativizar lo que puede ser comprobable, sin mayor esfuerzo.

El artículo del New York Times no parece presentar ningún hecho factual que no pueda ser comprobado por alguien, con nombre y apellido, o por antecedentes científicos y documentales que ratifiquen históricamente lo que se afirma.

El gobierno chileno no tiene la menor idea de lo que se hace en centenares de jaulas salmoneras en el sur del país. En numerosas ocasiones funcionarios públicos de Sernapesca se han quejado públicamente por las prácticas de aquéllas; en otras tantas, remesas de salmones al extranjero han sido retenidas o suspendidas, por descubrirse químicos que supuestamente no debieran estar permitidos en la producción de los peces.

¿Por qué entonces este abrazo a priori tan estrecho y tan riesgoso?, Porque la industria da miles de empleos y genera más de 2 mil millones de dólares en exportaciones. Entonces resulta un contrasentido haber dificultado las industrias de aluminio por consideraciones medio ambientales. Daban gran cantidad de empleos y las regiones beneficiadas estaban dispuestas a hacer la vista gorda a las externalidades negativas del negocio.

¿Acaso lo que es bueno para los salmoneros es automáticamente bueno para Chile?. Resulta muy decidor que mientras los voceros de la industria salmonera se resisten a aceptar las críticas del New York Times, los ejecutivos de una de las más grandes salmoneras en el país, la noruega Marine Harvest, abiertamente digan que están porque hayan regulaciones más estrictas y anuncien que alguna vez van a volver a colocar sus jaulas en la región de Los Lagos, una vez que el área esté libre de contaminación.

Puede ser que el negocio salmonero, como dijo el vocero noruego, durante muchos años haya sido "demasiado bueno para ser real". Eso está cambiando por la competencia y porque ningún negocio hoy puede realizarse con bajos niveles de transparencia en el largo plazo. Si el gobierno de Chile quiere avalar la industria salmonera a sola vista, allá él, pero considerando el bien común que representa, más le vale tener documentos científicos de respaldo y dejar de encandilarse por indudables palabras interesadas que, arropándose en la bandera nacional, exigen confianza.

 

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