La soya en entredicho

¿Vándalo medioambiental o salvador de los pobres? Las grandes plantaciones son fuente de alimento barato pero también propician la deforestación. Los productores se defienden; los ambientalistas disparan. La Nación, 01 de julio de 2008.


Erai Maggi no parece un destructor del planeta; tampoco héroe salvador de los pobres del mundo. Pero este granjero brasileño de 48 años es el protagonista de un drama relacionado con el cambio climático, la globalización, la pobreza y el hambre.

Maggi es dueño de más de 200 mil hectáreas de plantaciones de frijol de soya en el estado del Mato Grosso. Es el mayor propietario de este tipo en el mundo, lo que lo convierte en el rey de la soya.

"Lo que me hace sentir feliz es ver los frijoles en los campos", dice, entornando los párpados para protegerse del sol tropical. "Lo único que sé hacer es cultivar".

Según los ambientalistas, Maggi también sabe acelerar la deforestación del Amazonas, al menos indirectamente. Al comprar la sabana para plantar soya, obliga a los criadores de ganado a internarse hacia el norte en la selva, donde aplican la tala y quema indiscriminada y lanzan a la atmósfera toneladas de dióxido de carbono, dice Paulo Adario, director para el Amazonas de Greenpeace en Brasil. "Es un impacto indirecto pero fundamental".

Hay otra versión sobre Maggi: es un pionero que ayudó a convertir un mar de terrenos baldíos que solo servían para criar algo de ganado en tierras de cultivo altamente productivas; y mientras tanto hizo de Brasil una superpotencia agrícola que se espera supere a Estados Unidos como principal exportador mundial de alimento cuando la población mundial haya alcanzado los 9 billones de personas.

Tierra fértil

Los científicos del Gobierno brasileño descubrieron que el suelo ácido de sabana puede ser convertido en tierra fértil con fósforo y limo, importante adelanto tecnológico que Maggi y otros migrantes procedentes del sur explotaron cuando se mudaron al Mato Grosso en los ‘70 y ‘80.

"Llegaron con las manos vacías y miren lo que han logrado, es una historia de éxito", dice Alan Goldlust, director de Comexport, una empresa de Sao Paulo.

No hace mucho la historia de Maggi habría sido presentada en términos de desarrollo contra ecología. Ahora el panorama está complicado con un aspecto nuevo. Un brusco ascenso en los precios de las commodities ha creado lo que las Naciones Unidas llamaron la "nueva cara del hambre".

Los aumentos de hasta 40% del precio mundial de los alimentos están golpeando a los pobres y levantando el fantasma de la malnutrición urbana. El incremento en la demanda de carne y otros productos alimenticios de una nueva clase media en China e India es la principal causa, seguida en parte por el desvío de tierra y cultivo de granos destinados a producir biocombustible y la elevación de los costos de la energía. La variabilidad de la temperatura vinculada al cambio climático es un factor pequeño pero en aumento, dice el Instituto Internacional para Investigación de la Política Alimentaria.

Esto lleva a Maggi a una dramática conclusión: los productores de soya del Brasil, a pesar de no estar subsidiados, están ayudando a salvar a la humanidad. "Somos una parte vital de la cadena alimentaria". dice. "Estamos produciendo la proteína más barata y sana que existe. Nadie en el mundo puede cultivar la soya tan sostenible como nosotros".

Maggi comenzó con un pequeño terreno y, uno a uno, fue comprando tierra hasta construir un imperio que necesita aviones para vigilar sus límites.

Su firma, Bom Futuro, emplea 300 cosechadoras y 500 tractores para producir más de 600 mil toneladas de soya al año, la mayor parte de esta para alimentar ganado que terminará como carne en China y Europa. Esto genera millones de dólares en ganancia pero, según Maggi, aquí hay un propósito humanitario. Él y otros productores podrían recortar la producción para hacer subir los precios, como la OPEP. "Pero no lo hacemos", dice. "Porque no se trata solo de dinero sino de hacer algo importante".

Este hombre, casado y padre de tres hijos, niega tener responsabilidad en la deforestación. Los cultivadores de soya conservaron intacto un 35% de la sabana, como establece la ley y no operaron dentro de la selva, dice Maggi.

Premio Sierra de Oro

En 2006 Greenpeace otorgó el Premio Sierra Eléctrica de Oro (especie de premio limón) a su primo Blairo Maggi, gobernador del Mato Grosso, en ese entonces un terrateniente más grande aun que Erai. Eso es un absurdo, declaró indignado el rey de la soya. "Ni Blairo ni yo hemos talado un árbol en diez años", dice.

Erai Maggi se ha postulado para senador porque quiere acelerar el desarrollo del Mato Grosso pavimentando carreteras y controlando ríos. "Eso significará alimento más barato para China, India y el mundo entero", dice. Para los críticos esta es la cháchara egoísta de un magnate ignorante o cínico. Es inverosímil decir que los productores luchan por mantener los precios bajos, porque pusieron el grito en el cielo cuando los precios se fueron en picada hace tres años antes de recuperarse, en 2007.

Tampoco hay mucha duda sobre el vínculo entre soya y deforestación. Los productores de soya le compran los terrenos ya talados a los ganaderos, los que, a su vez, se internan en la selva para comprar tierra más barata y convertir el bosque virgen en vastos pastizales.

El alza abrupta de los precios de la soya -hasta 72% el año pasado- ha sido considerada responsable del incremento de las talas. "Cuando la soya se valoriza en el mercado te están dando deforestación por soya", dice Adario, de Greenpeace.

La soya también está invadiendo directamente el Amazonas, y hoy representa hasta 10% de la producción nacional. "La expansión no se limita a la (sabana), ha comenzado a invadir la selva", agrega Adario.

Pero independientemente de si Maggi es un héroe o un villano, no hay duda de la importancia de Brasil en la cadena alimentaria mundial.

Los precios fluctúan de acuerdo con la impredecible oscilación del clima, la inversión y los datos de la producción. A los cultivadores de soya del Brasil les gusta destacar que cuando la campana suena al final de una jornada siempre hay un número, incesante y despiadado, que cierra al alza: el de las bocas a alimentar.

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