Santiago sin retorno 3

Columna de opinión de Pedro Serrano, Presidente de Fundación Terram, publicada en portal El Sustentable el 11 de agosto de 2008.;


Este artículo se titula Santiago sin retorno 3, puesto que es tercera vez que debo afirmar que la contaminación atmosférica de Santiago, “NO TIENE SOLUCIÓN” real en el contexto en que opera nuestro desarrollo.

Durante un seminario de la USACH sobre Innovación y Desarrollo Humano, realizado hace algunos días en el edificio de Telefónica, en pleno centro de la contaminación, los estudiantes volvieron a preguntarme sobre la crisis del smog en Santiago, una ciudad que se transporta en más de un 90% con petróleo, que cocina y se calefacciona en un 100% con gas, leña y parafina y que produce industrialmente usando más de un 60% de combustibles carbonados.

Este artículo se titula Santiago sin retorno 3, puesto que es tercera vez que debo afirmar que la contaminación atmosférica de Santiago, “NO TIENE SOLUCION” real en el contexto en que opera nuestro desarrollo. Considerando además la temperatura, la capa de inversión térmica, el contexto geográfico de una cuenca cerrada, y la inaudita cantidad de combustibles carbonados que se queman para hacer funcionar la ciudad, los contaminantes que se liberan no tienen control posible, sin que esto signifique detener los procesos de la ciudad. Esto además, con un costo que el mercado vigente no perdonaría jamás.

Si a lo anterior agregamos el polvo finísimo que vuela desde los pelados cerros cercanos, que trae a la cuenca el agua de las lluvias, que levantan los vehículos, y luego se deposita con otras lluvias y vuelve a volar cuando se secan las calles, la falta de áreas verdes y la irracional extensión de la ciudad, también empujada por el mercado, aumentando el transporte, el pavimento y el polvo, entre otros. Se tienen suficientes argumentos medibles para aseverar que en este modelo de desarrollo la contaminación del aire de Santiago no tiene salida.

Ya van unas decenas de años aplicando todo tipo de planes y paliativos, restricciones y campañas, que nunca apuntan al meollo del asunto, y por supuesto, año a año no resultan, hasta que llega la primavera y nos olvidamos. Son medidas condescendientes con la estructura del mercado, que juegan con números dramáticos y mortales, con las autoridades tomando decisiones políticas, que finalmente decretan el número de enfermos y muertos que costará ese año mantener la ciudad funcionando.

Una noticia reciente asegura, desde al Colegio Médico, que al menos 526 santiaguinos mueren al año por causa directa del smog. Los niveles establecidos para medir el smog aceptable están por sobre los mínimos éticamente y médicamente admisibles, si somos puristas, el smog no es aceptable en ninguna medida. Cuando un funcionario público decide los momentos y períodos de una preemergencia, alerta, o emergencia ambiental, está además decidiendo el número de muertos admisibles, el precio en vidas humanas para que la ciudad no se detenga. Atención además, que la mayor parte de los contaminantes más peligrosos para la salud no son medidos.

Es evidente que no hay solución alguna si no cambia el modelo, Santiago es una permanente fogata de combustibles carbonados, polvorienta, sin chimenea ni ventilación. En este sentido, si quiere vivir en Santiago, debiera el lector o lectora saber y asumir los riesgos, no sería ético decir que el aire de la ciudad no es peligroso ni mortal. Obviamente el modelo de salida existe: no a la extensión de la ciudad, muchas áreas verdes dentro y en el contorno de la ciudad; transporte, cocciones y calentamientos todos eléctricos, eficiencia energética, con electricidad producida fuera de la cuenca. Pero nuestro modelo es el petróleo y eso es un asunto político difícil.

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