Los peligros de la expansión de la acuicultura

Las dudas ambientales de un mercado en rápido crecimiento. La industria de la cria de especies acuáticas en cautiverio avanza en América Latina alimentada por un mercado mundial que afronta el estancamiento de la pesca. Pero hay quienes alertan sobre las limitaciones de este mercado. La Nación, 03 de noviembre de 2008.


Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el 45% del pescado que se consume en el mundo es de criaderos. El cultivo industrial de peces y moluscos crece más de 8% anual en el mundo.

Con 710 mil toneladas anuales, Chile es el mayor productor acuícola de la región y uno de los diez más grandes del mundo, junto a China e India. Es, además, el segundo productor mundial de salmón y trucha (de la familia Salmonidae) después de Noruega.

En 2007, la irrupción de la anemia infecciosa del salmón hizo que cerraran muchos establecimientos. De 55 mil empleos se perdieron 1.000, según el Gobierno, aunque los sindicatos dicen que fueron 3 mil.

Argentina tiene su potencial, "pero no es el de Chile o Brasil", dijo la directora nacional de acuicultura de ese país, Laura Luchini. "Algunos gobiernos provinciales alientan esta actividad, pero nuestra tarea es hacer que la gente ponga los pies sobre la tierra", aseveró.

Chile tiene una extensa costa con fiordos en el sur del Océano Pacífico "muy propicia para la actividad", explicó Luchini.

En cambio, en la costa marítima argentina sobre el Atlántico, no hay sitios abrigados, a excepción de Tierra del Fuego, donde se cultivan mejillones.

Gracias a sus aguas tropicales, Brasil produce cerca de 250 mil toneladas al año de pescado y camarones en granjas de agua dulce y en la costa.

La acuicultura está en alza por la mayor demanda mundial de alimentos y por la posibilidad de establecer la "trazabilidad", procedimiento para conocer la historia, ubicación y trayectoria de un producto a lo largo de la cadena de suministros.

Homologación

Para 2045, la FAO estima que la producción pesquera y la acuícola se homologarán. Y no sin algunos problemas. Claudio Baigún, especialista en recursos pesqueros de agua dulce en Argentina, dice que hay que estar atento a las enfermedades, el costo de la energía y de los alimentos, y también los riesgos asociados a la no variabilidad genética de los ejemplares criados en piscinas.

"Se cree que la siembra va a solucionar todo, pero habría que preservar lo que tenemos, promover un manejo responsable de las pesquerías y no creer que la acuicultura es una rueda de auxilio que nos va a salvar", alertó.

Jorge Cappato, director de la Fundación Proteger, sostiene que habría que diferenciar entre la acuicultura comunitaria y la industrial, la que podría tener un impacto social y ecológico negativo. Su organización trabaja en la preservación de la biodiversidad y en pesca sustentable.

"Los productos químicos que se utilizan para la cría -antibióticos, pesticidas, fertilizantes- tienen efectos en el agua", dijo Cappato.

En Colombia se produce 70 mil toneladas anuales de peces en criaderos, según datos de 2006 del Instituto Colombiano Agropecuario. Cuando desapareció el bocachico (Prochilodus magdalenae), principal especie de agua dulce, los pescadores artesanales fueron reconvertidos, ejemplificó.

"Ganan menos, son más pobres y se alimentan peor", aseguró Cappato, quien recorrió los estanques del río Sinú, en el departamento colombiano de Córdoba.

Cappato mencionó asimismo a Ecuador, donde se promovió la producción intensiva de langostinos en zonas costeras de bosque de mangle. Las empresas "destruyeron 60% de los manglares, dejaron sin ocupación a mujeres que recolectaban camarones y, cuando apareció un virus se fueron, dejando las piletas de cemento vacías", describió.

La destrucción de manglares es también un problema en México, que en 2007 tuvo una producción acuícola de 261 mil toneladas, con el camarón en primer lugar.

La industria camaronera es responsable de gran parte de la desaparición de estos ecosistemas, según el Grupo Ecológico Manglar. En 2007, de acuerdo a un inventario oficial, los manglares se habían reducido 27% respecto de 2000 en las costas mexicanas.

 

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