La biodiversidad y el futuro del planeta

Columna de opinión de Flavia Liberona, directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en La Nación, el 22 de abril 2009, con ocasión del Día de la Tierra.


Este 22 de abril se conmemora el Día de la Tierra en todo el mundo, y parece un momento propicio para reflexionar sobre la importancia de la biodiversidad y la riqueza de especies y ecosistemas naturales. La conformación de las especies, la biodiversidad y por ende los ecosistemas son producto de largos procesos de transformación que ocurren en la Tierra, son consecuencia de una historia evolutiva en que especies, geografía y clima se relacionan y modifican, creando ecosistemas. Desde nuestros orígenes los seres humanos hemos transformado nuestro entorno; es así como la humanidad pasó de ser recolectora a agricultora, con distintos grados de impacto. Hoy se vive una nueva etapa: la biotecnología y particularmente la transgenia.

Los organismos y cultivos transgénicos se promueven como una tecnología "inocua", que permitiría entre otras cosas mejorar la "productividad", lo que resulta muy atractivo para algunos consorcios trasnacionales, que se dedican a incidir en los gobiernos y en los tomadores de decisiones para que no existan las más mínimas regulaciones ni pruebas de campo en relación con este tipo de organismos. No existe a la fecha ningún estudio que permita asegurar la inocuidad de los cultivos transgénicos en la biodiversidad, en los ecosistemas naturales ni en la salud de las personas. A pesar de lo que digan las industrias que promueven transgénicos, esto no pasan de ser declaraciones que no influyen mayormente en la percepción de la gente; los ciudadanos desconfiamos de esta tecnología, porque no sería ésta la primera vez en que una herramienta científico-tecnológica genera problemas que no fueron declarados o previstos. En vez de aumentar la confianza en los transgénicos, pareciera que las razones para rechazarlos se multiplican, ante las insospechadas consecuencias que puede conllevar la introducción de características genéticas de una especie en otra.

Lo más peligroso es que, sin haber encontrado respuestas satisfactorias ni dictado regulaciones, los cultivos y alimentos transgénicos han continuado su expansión en nuestro país de manera casi inadvertida. En Chile este tipo de cultivo y la importación de insumos para la producción de alimentos humanos ha ido avanzando de manera sigilosa pero constante en la última década. Si bien el país no produce alimentos transgénicos frescos para consumo interno, somos grandes productores de semillas transgénicas de exportación e importamos insumos transgénicos. En lo que respecta a cultivos, se pasó de 19,9 hectáreas en 1993 a casi 25 mil hectáreas en el período 2007-2008, sin que exista conocimiento de los lugares de cultivo, ni regulaciones para la importación, transporte, disposición y eliminación de desechos y, lo que es más grave, sin que se conozca su eventual impacto en el patrimonio natural de Chile, en especial en la biodiversidad, que tiene un alto componente de endemismo.

Hoy existen para Chile estudios que confirman la contaminación de cultivos tradicionales con cultivos transgénicos, lo que evidencia el peligro que corren el patrimonio genético y las especies nativas, sin que los productores de cultivos tradicionales puedan evitarlo o incluso a veces sin que tengan los medios para saber lo que ocurre con sus cultivos. Junto con ello, el mercado de los alimentos se encuentra literalmente invadido de productos fabricados con componentes transgénicos, desde soya hasta harina: un porcentaje importante del pan, galletas, cereales, entre otros, que consumimos diariamente, están elaborados en mayor o menor grado en base a transgénicos. Pero pese a esta evidencia, el Estado de Chile no se ha involucrado en el tema y ha mantenido una complacencia y complicidad con los importadores de estos insumos. Hasta ahora han fracasado todos los intentos realizados desde la sociedad civil y los parlamentarios que han promovido la transparencia de la información en el tema, y particularmente etiquetar los alimentos con insumos transgénicos, requisito mínimo de responsabilidad del Estado frente a los consumidores. Hoy, los chilenos, sin saberlo, estamos consumiendo productos potencialmente dañinos para nuestro organismo.

Ante este panorama, deberían escucharse las voces que claman por aplicar la obligación de rotular, además de poner en práctica el principio precautorio frente a la tecnología de modificación genética. Así lo han entendido países europeos como Francia, Grecia y, más recientemente, Alemania, que han prohibido ciertos cultivos transgénicos.

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