Salmonicultura: un análisis en el Día de la Tierra

Columna de opinión de Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en diario El llanquihue el 22 de abril de 2009.


Como cada año, este 22 de abril organizaciones de la sociedad civil de todo el mundo celebran el Día de la Tierra, ocasión propicia para revisar de qué manera estamos cuidando nuestro planeta, su biodiversidad y sus valiosos recursos naturales.

Durante las últimas dos décadas, los mares del sur de Chile han albergado una actividad productiva de alto impacto, la industria de la salmonicultura, que ha ido ocupando cada vez espacios más amplios y dando un uso más intensivo a nuestros ecosistemas marinos.

La presencia de numerosos centros de cultivo, cada uno con muchas balsas jaulas y alta densidad de peces, fue la tónica hasta antes de la crisis sanitaria, y ha ido dejando una profunda huella. Durante años los alimentos y antibióticos que se suministra a los peces, junto a desechos químicos y orgánicos, han caído al fondo marino, alterando el ecosistema.

A todo ello, se añade la gran cantidad de desechos líquidos y sólidos que ha generado la salmonicultura, y en parte también la mitilicultura. La producción de basura en el rubro acuícola incluye redes, bidones, elementos de plumavit, entre otros. Estos residuos sólidos derivados de productos plásticos no se degradan, y sólo se dividen hasta alcanzar niveles microscópicos, luego de lo cual quedan flotando y son consumidos por los peces nativos y asimilado por las algas y otras especies marinas, afectando el normal desarrollo de todas las especies. Con el agravante que todo el material tóxico no absorbido se desplaza largas distancias, y podría llegar a contaminar incluso hasta Aysén y Magallanes, tal como lo señala un estudio recientemente publicado por la Universidad Católica del Norte. El mismo estudio señala que toda esta basura flotante podría ser un mecanismo de transporte de enfermedades, incluyendo el virus ISA.

Frente a este desastre, la autoridad poco y nada ha hecho. A la escasa capacidad de regulación y fiscalización se añade la falta de estudios científicos que confirmen la magnitud de esta tragedia, pese a que todos los indicios señalan que se trata de un problema mayor.

En momentos de crisis como la que hoy atraviesa la salmonicultura, resulta urgente que se revisen todos los impactos que ha provocado la actividad, antes de considerar seriamente la posibilidad de expandir su presencia hacia el sur, especialmente Magallanes. Si bien es comprensible que, frente al desastre que ha significado la crisis provocada por el ISA en la Décima Región, la industria intente buscar nuevos horizontes, este traslado no puede concretarse si antes no se alcanza una solución de fondo para los problemas que se han evidenciado hasta ahora.

Es importante señalar que es deber del Estado y sus organismos públicos cautelar el bien común y por tanto el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación. La manera en que cuidemos hoy los ecosistemas marinos del país, determinará la posibilidad de las generaciones futuras de contar con un medio marino relativamente saludable. Sólo si la autoridad y la industria asumen ahora su responsabilidad pasada y mejoran sustancialmente las prácticas productivas, podremos pensar que el mar puede ser un espacio en que se desarrollen diversas actividades productivas.

 

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