Potencia alimentaria y forestal o la transformación del Chile rural

Columna de opinión de Flavia Liberona Directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en Blog La Tercera el 21 de enero de 2011. Vea Blog AQUÍ


El modelo exportador chileno se ha expandido y penetrado todos los sectores de la economía, y ha ido paulatinamente cambiando estructuras de producción, propiedad y relaciones sociales. Esta transformación queda especialmente en evidencia al analizar el sector silvoagropecuario, el que ha operado una profunda reconfiguración del mundo rural en los últimos años.

El sector agrícola ha registrado importantes cambios, a través de los cuales ha pasado de tener mayoritariamente una producción agrícola  para el abastecimiento interno a convertirse en un sector agroexportador, cuestión que en los últimos 30 a 40 años ha modificado profundamente la composición y ubicación de los cultivos. Así, entre los cultivos más extendidos en la actualidad se cuentan los frutícolas, que se han ampliado desde 1997 a la fecha en un 59% en el caso de viñas y parronales y en cerca de un 40% en el caso de los frutales.

Las principales plantaciones de frutas en el país hoy en día son uvas, manzanas, paltas, arándanos, kiwis, ciruelas, peras, nectarines, almendras, duraznos, nueces, entre otros, aunque sin duda uvas y paltas son los cultivos que han crecido de manera más acelerada en la zona central de Chile, hasta el punto de ocupar zonas que tradicionalmente no se utilizaban en la agricultura, como las pendiente de los cerros, que tradicionalmente albergaron el bosque nativo esclerófilo de la zona central de Chile. Evidentemente, esto genera profundas consecuencias en términos del daño a la biodiversidad de  la zona, al mantenimiento de los suelos y cursos de agua y a la conservación de ecosistemas naturales considerados de alto valor desde el punto de vista científico, pero que son dejados de lado ante la presión que implica aprovechar la calidad de los suelos para aumentar la producción de paltas, uvas y kiwis.

Un proceso equivalente ha ocurrido en el sector forestal, que en la década de los 70 inició una rápida expansión de plantaciones forestales de especies exóticas (principalmente pino y, más recientemente, eucalipto), las que actualmente sobrepasan las dos millones de hectáreas distribuidas en la zona centro sur del país, complementado con las capacidades industriales para la producción de celulosa, paneles, aglomerados y otros productos con cierto nivel de manufactura.

Tanto el sector agrícola como el forestal comparten una característica clave en las últimas décadas: un proceso de acumulación de la propiedad en pocas empresas, que mediante economías de escala alcanzan rápidamente volúmenes importantes de producción, lo que facilita su inserción en los mercados internacionales en condiciones competitivas. Como contrapartida, los habitantes tradicionales del campo se han transformado en operarios o temporeros, debilitando su autonomía, modificando su modo de vida tradicional y transformando de paso la fisonomía del campo chileno.

Así, cuando se piensa en impulsar el desarrollo utilizando conceptos como el de “potencia alimentaria y forestal”, es necesario detenerse a analizar que queremos decir con esto, cuales  son las implicancias y consecuencias sociales y ambientales que este tipo de desarrollo conlleva. Debemos discutir como país si queremos profundizar un modelo agroexportador para intentar ser potencia alimentaria y forestal, la cual se mide en volúmenes exportados y no en calidad de vida. Pero si la opción es ésta,  las autoridades y empresas deben estar conscientes que el modelo agroexportador genera importantes impactos negativos en los modelos que promueven desarrollos económicos locales y autoabastecimiento, es decir impacta directamente a la agricultura familiar campesina.

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