De Chernobyl a Fukushima, ¿y Chile?

Columna de Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en blog de La Tercera el 26 de abril de 2011. Vea blog AQUÍ.;


Hace hoy 25 años se produjo el que era hasta hace muy poco el accidente nuclear más grave de la historia, cuando una explosión seguida de un incendio que duró diez días sacudió el reactor número 4 de la central de Chernobyl, en Ucrania, provocando una liberación de material radiactivo a gran escala, con un efecto 500 veces superior a las bombas de Hiroshima. Sólo después de meses se logró la construcción de un sarcófago, que hasta ahora ha detenido en gran medida las fugas, aunque todos los informes señalan que tendría numerosas grietas y por lo tanto nuevas fugas. Por ello, el gobierno ucraniano planea la construcción de un segundo sarcófago, a un costo de US$1.000 millones, que asegura que mantendría protegido el material nuclear por 100 años, aunque muchos expertos y observadores dudan de esta proyección.

Una de las cuestiones que más se ha criticado en el análisis retrospectivo del accidente de Chernobyl, fue el manejo comunicacional que las autoridades locales hicieron del asunto, ocultando o retrasando la difusión de información relevante, lo que a la larga multiplicó aún más el efecto de la catástrofe para la población civil en un radio de cientos de kilómetros a la redonda. Incluso hasta hoy, poco se habla de las víctimas, muchos de ellos niños que han debido ser separados de sus familias y trasladados a un hospital especializado en otras partes del mundo, donde se les ha brindado atención incluso gratuita, como en la localidad de Tarara en Cuba; en estos 25 años más de 25.000 niños han sido atendidos en este hospital, y la cifra sigue creciendo.

Un cuarto de siglo después, la catástrofe nuclear de Fukushima nos retrotrae a la tragedia de Chernobyl, pese a todos los contrastes que podrían hacer pensar en un escenario notablemente mejorado. El Japón del 2011, a diferencia de Ucrania en 1986, se presenta ante el mundo como un país moderno, integrado, abierto y transparente hacia la comunidad internacional; además, supone un modelo de eficiencia, altamente tecnologizado y con capacidad técnica y financiera de anticipar –hasta ahora- cualquier eventualidad o catástrofe. No por nada su tecnología antisísmica en todo ámbito se presenta como la mejor a nivel mundial. Sin embargo, ninguno de este largo listado de méritos evitó la ocurrencia de una catástrofe nuclear de enormes proporciones tras el megaterremoto y tsunami del 11 de marzo último. Y aún más, la respuesta de las autoridades japonesas ante la catástrofe presenta las mismas grietas y ha sido criticada por las mismas razones que la reacción ucraniana de hace 25 años: ocultamiento total o parcial de la información, retraso en la entrega de datos relevantes, intento por minimizar la magnitud de la tragedia.

Incluso la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA), organismo internacional de gran prestigio encargado de velar por el uso y manejo de este tipo de fuente energética,  depende de la información que le proporcionan las autoridades locales, en este caso de lo que dice el gobierno japonés y la empresa Tepco (dueña de Fukushima, y de propiedad estatal). Así, es poco lo que puede hacer en la práctica para influir en la toma de decisiones ante este tipo de emergencias.

Frente al evidente fracaso de países tan disímiles, en circunstancias y tiempos tan diferentes, pero que han caído prácticamente en los mismos errores, cabe cuestionar, una vez más, la factibilidad de implementar este tipo de tecnología para la generación eléctrica en Chile. Las probabilidades de la ocurrencia de accidentes en distinta escala no es menor pero, por sobre todo, queda claro que en esta materia las sociedades parecen no ser capaces de aprender de los errores previos. Más aún cuando nuestro país tiene condiciones similares de Japón, al contar con un territorio altamente sísmico y propenso a tsunamis.

Cabe preguntarse, entonces, si en lugar de insistir en intentar dotar al país de una tecnología que implica enormes e irreparables riesgos, no debiéramos dejar atrás de una vez esta posibilidad, e intensificar los esfuerzos por explorar nuevas fuentes de energía en alza, específicamente fuentes renovables no convencionales, que han comenzado a cobrar cada vez más relevancia a nivel mundial y, de acuerdo a todas las proyecciones, ocuparán un lugar relevante en la matriz energética de los países más avanzados en un plazo no muy lejano.

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