Día de la Tierra, conciencia planetaria

Columna de opinión de Flavia Liberona, directora ejecutiva de Fundación Terram, publicada el 21 de abril de 2011 en el Blog de la Tercera, con ocasión del Día de la Tierra. Vea la columna en el blog AQUI.


El 22 de abril es el Día de la Tierra; es curioso que tengamos sólo un día en el año para homenajear a nuestro planeta, el lugar que nos cobija, del que dependemos pero que lamentablemente depredamos sin cesar.

Probablemente debido a la vorágine en que vivimos, dejamos poco tiempo para la reflexión y dedicamos menos tiempo aún a comprender, valorar y respetar la complejidad de la naturaleza, de las relaciones entre especies y entre éstas y el medio en que habitan, interacciones que permiten sostener la vida de la especie humana. Nuestra cultura y forma de vida, nos ha ido desconectando del medio natural; como sociedades poco a poco hemos ido perdiendo el vínculo con los ecosistemas naturales y cultivados, con la importancia de la tierra y del agua. De una forma u otra se ha instalado la percepción de que somos capaces generar recursos naturales en forma ilimitada, y con ello habitar el planeta en forma indefinida. Pero cada vez con más fuerza surgen señales que nos indican que esto no es posible; la humanidad no puede crecer en forma ilimitada.

Hoy sabemos que los recursos naturales, que están en la base de los procesos productivos y de nuestras economías, no son infinitos. Pese a la antigua clasificación que los divide en recursos naturales renovables y no renovables, basta que apliquemos una presión excesiva, es decir depredemos más de la cuenta un recursos natural “renovable”, para que no pueda renovarse y pase a ser finito, escaso y en definitiva no renovable.

Pero, a pesar de saber que el patrimonio natural es finito, que los recursos -renovables o no renovables- se agotan, que las especies de las que dependemos para nuestra alimentación se extinguen y que otras desaparecen debido las actividades humanas que les provocan serios impactos o derechamente las contaminan, no nos hemos dedicado a reflexionar sobre esto, de manera de poder generar acciones que cambien el curso de los acontecimientos y en definitiva de la humanidad.

Cada vez son más los informes de entidades relevantes a nivel mundial que nos señalan que estamos en una fase crítica: el Banco Mundial, el World Resourse Institute, la FAO, los informes del convenio de diversidad biológica y hasta el secretario general de naciones unidas han entregado informaciones que nos señalan que los recursos naturales renovables se agotan o no se están produciendo a las tasas históricas, que existe colapso de las pesquerías, agotamiento de las tierras cultivables, deforestación creciente, contaminación y escasez de agua. Sin embargo, seguimos adelante sin cambiar nada.

Para qué hablar de los llamados recursos naturales no renovables, esos que se formaron con la Tierra misma o durante el proceso de evolución de nuestro planeta a lo largo de miles de millones de años. Éstos los extraemos sin cesar y sin importar el impacto que su extracción genera en la naturaleza e incluso en muchas comunidades humanas: minerales, petróleo, carbón, gas, etc. Pareciera que la humanidad no tiene presente en la conciencia colectiva que estos recursos son finitos; no hemos internalizado que las generaciones futuras no tendrán la misma posibilidad de disponer de ellos que tenemos nosotros. Porque, si tuviéramos conciencia que estos recursos naturales no renovables han tardado miles de millones de años en formarse, ¿cómo es posible que los usemos y gastemos en unas pocas generaciones? ¿que los usemos sin medida y sin pensar en dejar algo para el futuro?

Es necesario reenfocar nuestra mirada, nuestro pensamiento y acción, ser más cuidadosos y cautelosos, pensar en los humanos que vienen y no aprovechar todo lo que tenemos a mano en lo inmediato. Si la Tierra se ha demorado tanto tiempo en generar estos recursos, debemos actuar de manera que duren mucho tiempo más.

Es evidente que los seres humanos vivimos en una dicotomía, una especie de esquizofrenia colectiva, en la que por una parte nos desvinculamos de los ecosistemas, de los recursos naturales y de la tierra, y de esta manera podemos seguir depredando, contaminando y extrayendo sin cesar, y por otra hablamos sobre la sustentabilidad, es decir, la búsqueda de un equilibrio entre aspectos sociales, ambientales y económicos tanto en el presente como hacia adelante, de manera de generar resguardos para que las generaciones futuras puedan seguir existiendo.

En la actualidad, sólo gastamos, gastamos y gastamos cuanto podemos, extraemos y depredamos, sin pensar más que en nuestro beneficio actual. Peor aún, ese beneficio actual no es igual para todos, claramente en nuestras sociedades no somos todos iguales y lo que se extrae y consume no se reparte por igual entre todos los habitantes del planeta. Mientras hay gente que muere de hambre, no tiene donde vivir o no puede acceder a agua limpia, hay otros que tiene más que de sobra. Así, tal como los beneficios de esta sociedad no llegan a todos por igual, la responsabilidad de estar en una situación crítica tampoco es igual para todos. Existen países más responsables que otros y dentro de cada país, grupos, clases sociales o castas con más responsabilidad, lo que incluye también a las autoridades y gobernantes. Un lugar especial en las responsabilidades merecen las grandes corporaciones, las grandes empresas nacionales y trasnacionales que obtienen enromes beneficios económicos, pero que en su historia no han sido capaces de demostrar comportamientos sustentables y acordes al poder que detentan.

Esta situación quedó dramáticamente reflejada en algunos episodios recientes: hace justo un año ocurrió el derrame de petróleo en el Golfo de México, donde la compañía British Petroleum dio claras señales de irresponsabilidad, unido a la ineptitud e incapacidad de las autoridades de exigir un comportamiento adecuado a la empresa. En tanto, en una situación aún más lamentable, en Japón la empresa TEPCO, responsable del funcionamiento de la central nuclear de Fukushima, ha actuado también con total irresponsabilidad e ineptitud, provocando una catástrofe nuclear de proporciones mayores, que las autoridades locales han sido absolutamente incapaces de controlar. Si esto ocurre en países desarrollados, donde se supone que las empresas son más responsables social y ambientalmente, donde existen gobiernos con mayores capacidades de control y fiscalización, cabe la pregunta de qué podríamos esperar en países como el nuestro frente a situaciones similares, donde tenemos un Estado pequeño con pocas capacidades y donde operan empresas de la misma envergadura que las antes mencionadas.

En todo caso, no todo es catástrofe; aún estamos a tiempo como humanidad para enmendar el rumbo de los acontecimientos, para lo cual es indispensable en primer lugar constituirse como ciudadanas y ciudadanos empoderados, así como autoridades responsables y conscientes. Así como existen ejemplos nefastos y dramáticos, también los hay en el sentido contrario. Por eso, el desafío es que no exista sólo un Día de la Tierra en el año, sino que cada uno de los que creemos que otro mundo es posible, podamos contagiar a otros en esta aventura y trabajar día a día para ello, de manera de estar más conscientes, educarnos, sensibilizar a otros y actuar.

 

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