Bosque esclerófilo de la zona central, un tesoro que es necesario proteger

Columna de opinión de Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en El Dinamo el 14 de mayo de 2011. (www.eldinamo.cl)


La Ley de Bosque Nativo Nº 20.283 fue promulgada en 2008 después de casi 16 años de debate, una de las tramitaciones legislativas más largas que se han registrado en el país, comparable sólo con la ley de educación primaria obligatoria, tramitada a principios del siglo pasado. Evidentemente, esta dilatación no fue gratuita, sino que respondió a los poderosos intereses económicos que se sienten amenazados por una normativa legal cuyo objetivo era proteger y conservar las formaciones vegetales y los ecosistemas naturales del país, seriamente amenazados por la deforestación y la sustitución por plantaciones forestales exóticas y por la agricultura, así como por la expansión urbana.

Como consecuencia, la ley que finalmente fue aprobada en el Parlamento fue menos restrictiva que lo planteado inicialmente, al tiempo que dejó fuera una serie de temas importantes y aún inconclusos, como por ejemplo la sustitución del bosque esclerófilo por plantaciones de frutales. Sin embargo, con la idea que se pudiera superar el entrampamiento de la discusión y contara así con una ley que estableciera acuerdos mínimos que permitieran no seguir destruyendo y degradando el patrimonio natural de Chile, y se  pudiera de alguna manera fortalecer el manejo y conservación del bosque nativo, aunque fuera de manera limitada, todos los sectores involucrados en la discusión, incluida la SNA, acordaron apoyar su promulgación.

Por ello, resulta especialmente grave que ahora, cuando aún no cumple tres años de aplicación, algunos sectores agrícolas pretendan flexibilizar y exijan excepciones en la aplicación de esta ley, específicamente para el sector productor de paltas en la zona central del país. Se debe recordar que la mayor excepción ya fue realizada al no restringir en la ley N° 20.283 la sustitución de plantaciones de palto u otros por bosque nativo.

Debemos tener presente que la zona central de Chile registra un enorme daño al bosque nativo, formado por bosques del tipo esclerófilo y formaciones xerofíticas que durante décadas se han visto diezmadas por el establecimiento de ciudades y la posterior expansión urbana, por la extracción de leña y la habilitación de suelos para la agricultura, especialmente el cultivo de frutales.

Pero una de las mayores amenazas para el bosque esclerófilo es, en realidad, su nula valoración, lo que lleva incluso a invisibilizarlo, hasta el punto que se lo menciona despectivamente como “matorrales” o “arbustos” y se le asigna un nulo valor ecológico. Es imprescindible recordar que esta zona del país estuvo en algún momento cubierta por un denso bosque y que hasta hace sólo algunas décadas, en las laderas precordilleranas abundaban el quillay, boldo, peumo, bollen, maitén, bellotos (del norte y sur), el lingue y canelo en las zonas más húmedas, así como el espino y el algarrobo en zonas más secas.

No está de más recordar el papel fundamental que juegan estas formaciones vegetales para la protección de los suelos, la regulación del ciclo del agua, así como en la absorción de contaminantes atmosféricos y la purificación del aire. Es más, nuestro bosque nativo, en especial el esclerófilo, puede tener un rol muy importante en el desarrollo de acciones de adaptación frente a la vulnerabilidad que presenta el territorio nacional frente a los efectos del cambio climático, para lo cual es necesario valorarlo y ponerlo bajo protección.

Algunos sectores del país, apadrinados por el gobierno, han acuñado e impulsado el concepto “Chile, Potencia agroalimentaria y forestal”, meta país que Fundación Terram ha trabajado gracias a un proyecto conjunto con otras ONG´s, relevando la opinión de la ciudadanía respecto de esta meta país. Para fortalecer este concepto debemos estar abiertos a una discusión de país, en la cual por una parte se resguarde el patrimonio natural del país y por otra se permita el desarrollo de actividades en forma regulada y de acuerdo  a normas mínimas que garanticen el bien común.

Prácticas como la sistemática sustitución de bosque nativo por plantaciones forestales o cultivos agrícolas, orientadas sólo a la maximización de ganancias de un sector en el corto plazo, no contribuyen a construir un país más justo, equitativo, democrático y orientado al desarrollo sustentable. Una producción que se destina masivamente a los mercados externos y que se basa en la sustitución de bosque nativo chileno, no tendrá muy buen destino en los mercados externos, que cada día son más exigentes en materia ambiental.

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