Isla Riesco: La calma antes de la tormenta

En esta isla magallánica, la cuarta más grande de Chile, ya se está preparando la instalación de una mina de carbón. En el futuro podrían venir cuatro más. Los estancieros, descendientes de los europeos que se instalaron aquí en los 50, están inquietos. La empresa a cargo los tranquiliza. Pero ellos desconfían: dicen que la vida en estas tierras nunca volverá a ser la misma. Esto es lo que se vive en Riesco. La Tercera, 31 de julio 2011.


Si alguien quiere comer en Isla Riesco en esta época del año, tiene que llevar sus propios víveres. En la estancia Fitz Roy existe un restaurante, pero que sólo abre en verano. No hay almacenes. Si uno llega a Isla Riesco sin alimentos, no queda otra que pedirle ayuda a un estanciero. O a las oficinas de la minera que se está instalando aquí. En Riesco no hay nada, excepto muchas ovejas, lengas, casonas antiguas y calma. Calma que, en todo caso, pende de un delgado hilo.

Después de décadas como dueños sin contrapeso del destino de la isla, los estancieros tienen hoy un nuevo vecino que les pone la piel sensible: una mina de carbón ya aprobada por la Corema de Magallanes y que empezaría a funcionar el primer semestre del 2013. Esto, si el Comité de Ministros, presidido por la titular de Medio Ambiente, no acoge los recursos de reclamación ambiental presentados por algunos estancieros de Isla Riesco y organizaciones ciudadanas. El asunto se decidirá en estos días.

El yacimiento se llamará Invierno, tendrá una inversión de US$ 180 millones, producirá seis millones de toneladas de material al año y mantendrá el mismo nombre de la estancia que funcionaba antiguamente en esos terrenos. Impulsada por capitales de los grupos Angelini y Von Appen, esta mina será el puntapié inicial para otras cuatro que funcionarán en la isla, pero que aún no han sido aprobadas. Si eso se logra, habrá explotación de carbón en Riesco por los próximos 40 años.

Por eso, la calma de siempre en esta isla empieza a alborotarse.

Al recorrer Riesco, ya se ven los primeros trabajos viales hechos por la minera: cuadrillas se dedican a mejorar los 40 kilómetros que separan el cruce Ponsonby -el único cruce por barcaza que une a la isla con el continente- con las oficinas y el campamento de la mina Invierno. Son signos de un cambio inminente.

En la isla, la cuarta más grande de Chile, con una superficie de 5.000 km2, vive poca gente. Nadie aquí sabe el número exacto de habitantes. Algunos dicen 90, otros 100, otros se atreven a decir 200. Lo único claro es que la instalación definitiva de la mina traerá una población de 700 personas, entre mineros, administrativos y personal de servicio. Por donde hasta hace poco pasaba una que otra camioneta 4×4, ahora pasan camiones que van y vienen para armar el campamento minero, que será el corazón de las faenas.

Los trabajadores que van hacia la futura mina saben que hay oposición al proyecto. Siempre en el camino ven el mismo lienzo de grandes letras negras que cuelga del cerco de una de las estancias: "No a la minería del carbón", dice. Fue pintado a mano por Gregor Stipicic, quien tiene un terreno de 750 hectáreas, apenas a tres kilómetros de la mina. Es su vecino más cercano. Y su más acérrimo enemigo.

El toque europeo

Para llegar a Isla Riesco hay que manejar alrededor de una hora desde Punta Arenas hasta la Municipalidad de Río Verde, a la cual pertenece la isla y cuya alcaldesa está a favor de la instalación de la minera. Allí está el cruce Ponsonby. Por 20 mil pesos, uno puede ir y volver, con vehículo incluido. Son 15 minutos por trayecto.

La parte más poblada de la isla enfrenta al seno Otway. La mayoría de los estancieros construyeron sus viviendas con una vista privilegiada al seno y con los cerros del continente como telón de fondo. Inmigrantes ingleses fueron los primeros en llegar a Isla Riesco. La descubrieron a finales del siglo XIX y la bautizaron como la "Tierra del Rey Guillermo". Al ser una isla tan grande y estar rodeada por canales muy estrechos, los ingleses pensaron que era parte del continente. Recién a principios del siglo XX se descubrió que era efectivamente una isla. Y se bautizó en honor al Presidente chileno de la época, Germán Riesco.

Familias croatas, inglesas, escocesas y españolas se adjudicaron los loteos de Isla Riesco a principios de los años 50. Antes, buena parte de la isla era una sola gran estancia perteneciente al Estado. La otra mitad -y hasta el día de hoy- es territorio de la Reserva Nacional Alacalufes.

En su mayoría, los lugares donde están las estancias son grandes extensiones de pastizales. Protegidos por montes, los pastos de Isla Riesco son más verdes que el tradicional amarillo de la Patagonia. Hacia el interior de la isla, hay vastos bosques de lenga, donde viven huemules y coipos. En las pampas, los zorros y los caranchos -una suerte de cóndor- son la principal amenaza para el ganado de ovejas.

Muchas casas en Riesco tienen influencia europea. Entrar a casonas de estancieros como María Teresa Ivanovic o a la de las hermanas Anny y Gillian Maclean es ingresar a un pedazo de Europa: lustrosos y antiguos muebles traídos directamente desde allá hacen olvidar por un momento que afuera está la salvaje Patagonia chilena.

En Isla Riesco hay alrededor de 35 estancias, que son el principal motor productivo de la zona. Cada una tiene un promedio de 1.500 hectáreas y emplea alrededor de tres a cuatro trabajadores en forma permanente, dedicados principalmente al ganado ovino. Las ovejas, por lo general, parten a los mataderos de Punta Arenas y de ahí a los mercados de la Unión Europea. La lana se va a China, mercado emergente cuya alta demanda le ha hecho subir el precio.

Todas las familias que se asentaron en la isla estaban, de alguna forma, ligadas a la ganadería. Menos los Stipicic. El abuelo y padre de Gregor eran odontólogos. El es médico. Gregor Stipicic, como lo dicta su apellido, es de descendencia croata, tiene 31 años y habla cantadito como el resto de los magallánicos.

Son las 11 de la mañana en Isla Riesco y de la chimenea de la casa de Stipicic sale humo que permea cada uno de sus muebles antiguos. Parece la tienda de un anticuario. De las paredes cuelgan retratos familiares de su padre y su abuelo, de la época en que vivir en Riesco era equivalente a un Far West, pero del extremo sur. La casa tiene tres habitaciones y cada una está inundada de libros. Novelas, enciclopedias, textos de flora y fauna. Podría ser perfectamente un local de libros usados en San Diego.

Gregor Stipicic ofrece café, se sienta en su living y de partida advierte sobre algo que le puede jugar en contra. Entre principios de 2006 y octubre de 2007, geólogos de Copec se alojaron en su estancia y le pagaron una renta mensual por un par de viejas casas. Estuvieron explorando y encontraron un yacimiento gigantesco, al lado de su estancia. "Yo nunca le tomé el verdadero peso a lo que iba a pasar y ahora en la minera dicen que yo gané plata con ellos y que ahora estoy en contra del proyecto", explica. Luego de que los visitantes de Copec se fueron de la estancia Anita Beatriz, los estancieros empezaron las conversaciones con la cúpula de la Minera Riesco.

Según Stipicic fueron varias las reuniones con el gerente Jorge Pedrals, en las que no había claridad sobre la magnitud de los yacimientos. Así pasó el 2007, el 2008 y el 2009. Hasta que en Navidad de este último año, Stipicic vio el proyecto completo. Se lo mostró la minera. "Dije, ah, esto es un monstruo: 1.500 hectáreas, la mina a tres kilómetros de mi predio, el viento que se viene directamente hasta acá, las 800 personas en la isla. Era demasiado".

A unos 20 kilómetros de su estancia vive María Teresa Ivanovic (69). Volvió hace cinco años a hacerse cargo de su padre enfermo y sus dos estancias, luego de pasar más de 30 años en Europa y Estados Unidos. Los fundos se llaman Florita y Pilar, las que combinadas hacen 3.000 hectáreas. Su padre, finalmente, murió en 2008 y ella quedó con el control total de los terrenos. A diferencia de la gran mayoría de las estancias que tienen sus instalaciones a la orilla del mar, las de ella están un par de kilómetros al interior de la isla.

Ivanovic cuenta con cinco trabajadores permanentes en sus estancias. Y si algo tiene en común con ellos es la soledad. Sus trabajadores viven lejos de sus familias, en Osorno y Chiloé, y tienen un mes de vacaciones al año para ir a verlas. María Teresa ya perdió a sus padres y a una de sus hermanas. Su tercer hermano es arquitecto y vive en Santiago. Y sus dos hijos viven en Italia. Ella espera que el día que ella muera, su hijo Filipo, piloto de helicópteros, venga a hacerse cargo de todo.

"La vida acá es pequeña, sencilla", dice. "El gran valor de estos terrenos es que son los mejores campos de Magallanes, los que más rinden porque están protegidos por los montes".

Para paliar la soledad de sus trabajadores, Ivanovic les instaló TV cable. Eso sí, el consumo de alcohol está prohibido. Se han producido riñas y María Teresa prefiere evitarse conflictos. No le pasa lo mismo con la Minera Riesco. En ese caso, está dispuesta a que la calma se rompa y dar la batalla.

Ivanovic asegura que cuando la mina empiece a operar, la Comunidad Económica Europea va a comprar la carne más barata o derechamente, dejará de comprar. Una mina de carbón y a tajo abierto en una zona en que los vientos alcanzan los 120 km por hora, puede significar que las partículas en suspensión contaminen pastizales y fuentes de agua para el ganado. Así, según ella, la etiqueta de "cordero orgánico" -alimentado sólo con pastos naturales, sin fertilizantes ni anabólicos- ya no tendría sentido.

Patricio Alvarado, gerente de asuntos corporativos y de medioambiente de Minera Riesco, cree que los temores de Ivanovic y Stipicic son infundados: "Todo el proceso de extracción lo haremos con el máximo cuidado posible. Históricamente, la minería del carbón y la ganadería han convivido aquí en Magallanes. La primera mitad del siglo XX funcionó en Isla Riesco la mina Elena, que tuvo su peak en los años 40. Al frente de la isla ha funcionado por años la mina Pecket, que no tuvo mayores efectos en la ganadería de Isla Riesco. De hecho, para demostrar que ganadería y minería pueden cohabitar, el galpón de esquila de la estancia Invierno lo vamos a reabrir y vamos a tener ganado aquí, a poca distancia de la mina".

Los estancieros igual desconfían. Dicen que la mina Pecket es seis veces menor a la mina Invierno, que las dimensiones son diferentes.

Desde la empresa agregan que los árboles talados para hacer el tajo de la mina serán reemplazados. La estancia Invierno cuenta con un gran invernadero, donde se hacen fuertes las raíces de 200 mil lengas que serán plantadas en la isla. Alvarado dice que el impacto es virtualmente nulo, que cada año en Magallanes se talan 2.000 hectáreas de bosque y que en el proyecto se talarán 400 hectáreas, en 12 a 15 años.

Eso tampoco calma los ánimos. Independiente de que se cumplan las normas impuestas por la Corema, algunos estancieros insisten en que un estilo de vida en la isla se perderá para siempre. Las hermanas Gillian y Anny Maclean, dueñas de la Estancia El Trébol, creen que el impacto será irreversible. El padre de origen escocés de ambas, Kenneth Maclean, fue administrador de la gran estancia perteneciente al Estado, antes de que empezara el loteo en los 50. La casa, una gran casona británica, se fue armando cuarto por cuarto.

Gillian recuerda cómo era crecer en la isla en los años 60: "Al principio, mi mamá cruzaba en un bote a remo. Se dejaba la camioneta en el continente y cruzaba con las compras necesarias traídas desde Punta Arenas. Se ponía un poncho gigante y nos tapaba con él mientras remaba. Después mi papá compró una lancha a motor".

Los caminos de la isla se fueron haciendo con las huellas que dejaban los bueyes. El teléfono llegó recién en 1990. No hay señal para celular, excepto en el cruce hacia el continente. Gregor Stipicic va hasta allá para hablar por celular o conectarse con internet móvil. Mandar un mail le cuesta 35 kilómetros de ida y 35 de vuelta, por un camino de tierra. Para comprar azúcar o café tiene que salir de la isla e ir a Villa Tehuelche, a unos 80 kilómetros de su casa. Son 160 kilómetros en total, más dos cruces en barcaza.

Un bote pintado con los colores de la bandera de Croacia está a pocos metros de la casa que habita Gregor. Fue una de las grandes obsesiones de Jorge Stipicic, su padre, quien murió en la isla luego de volcarse en su camioneta. "Esta estancia tiene un valor sentimental tremendo", dice. "Buenos amigos de mi papá me dicen ‘ándate de allá, vende al mejor precio y compra una estancia o dos en otro lugar’. Quizás tengan razón, pero la conciencia me quedaría mal. No podría estar tranquilo si no peleo este tema. Es lo que hubiera hecho mi viejo".

El sentimiento es similar en las hermanas Maclean y en María Teresa Ivanovic, aunque saben que, a pesar de su preocupación, el campamento minero se está armando sin contratiempos.

Son las 8 de la tarde y tomamos la última barcaza al continente. Isla Riesco y sus estancias quedan atrás. También la mina en progreso. El viento pega en la cara de José Soto, uno de los balseros del cruce Ponsonby. Soto tiene las ideas claras: quiere que se instale la mina, porque la empresa va a traer una barcaza más grande para el paso de los camiones. Pragmático, sin perder la calma, vaticina: "Y a mayor responsabilidad, mayor paga".  
 
Los trabajadores que van hacia la futura mina ven siempre el mismo lienzo: “No a la minería del carbón”. Fue pintado a mano por Gregor Stipicic.

Muchos estancieros construyeron sus viviendas con una vista privilegiada al seno Otway y con los cerros del continente como telón de fondo.

Los caminos se fueron haciendo con las huellas que dejaban los bueyes. El teléfono llegó en 1990. No hay señal para celular, excepto en el cruce hacia el continente.

 

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