Las historias tras las exhumaciones de los ex funcionarios de Enami en Puchuncaví

La orden corresponde a la Corte de Apelaciones de Valparaíso. Durante las próximas semanas serán desenterrados los primeros cuatro cuerpos de un total de 28 trabajadores. El objetivo es determinar si sus muertes tienen relación con la contaminación a la que se habrían expuesto al trabajar en la refinería que hoy es de Codelco. El Mostrador, 10 de julio 2012.
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Funcionarios que junto a sus familias enfrentaron muertes lentas y dolorosas en el más completo abandono. Ni la empresa ni el Estado se hicieron cargo de su situación, por lo que hoy sus viudas claman justicia.

La madrugada del 18 de junio de 2009, y luego de una larga agonía en que ni la morfina era suficiente para paliar el dolor, Raúl Lagos falleció rodeado de sus hijos y su esposa, Eliana Morales, en su casa de Puchuncaví. La familia, que no alcanzó a celebrar los 76 años que el soldador cumplía ese mismo día, sabía que su muerte estaba próxima. “El doctor nos dijo que estaba completamente envenenado”, recuerda su señora.

Tres años antes “empezó con pérdidas de la memoria, algo parecido al Alzheimer. Lo llevé a un neurólogo particular y pasó como tres años en tratamiento, pero la enfermedad avanzaba muy rápido y eso le llamó la atención al médico. Le dije que a lo mejor pequé de ignorante y no le conté que trabajó en la Empresa Nacional de Minería (Enami) más de 20 años. Para salir de dudas le mandó a hacer un examen de toxicología. Cuando vio el resultado me dijo que Raúl estaba muy próximo a la muerte, porque estaba completamente envenenado: tenía plomo, cobre, arsénico y cianuro en la sangre, los riñones el corazón…”.

Raúl Lagos es uno de los primeros cuatro ex funcionarios de Enami cuyos cuerpos serán exhumados, de un total de 22, para analizar si sus muertes están relacionadas con la contaminación emanada de la refinería de Enami. Raúl terminó sus días postrado, sin poder hablar, pesando 32 kilos: 53 menos que su peso normal. Y enfrentando dolores espantosos. “Empezó a usar sondas. A mí me extrañaba que en la sonda salieran como pedacitos de piel y carne, así que le pregunte al médico qué era lo que botaba. Me dijo que eran sus partes interiores, que se estaba desintegrando por dentro por el envenenamiento que tenía”.

Su familia empezó a sospechar que su calvario estaba relacionado directamente con su trabajo en la Refinería de Enami, hoy de Codelco, desde mucho antes de su muerte. Raúl se había jubilado anticipadamente luego de un accidente laboral a fines de los 80’ en que se quemó con cobre la espalda y los pies. Antes de eso y por 20 años se desempeñó en distintas labores, desde la nave electrolítica hasta el laboratorio químico.

En 2006, Eliana se integró a la naciente Asociación de ex Funcionarios de Enami, que se armó por la inquietud de su hasta hoy presidente, Luis Pino, “que empezó a conversar con ex compañeros de Quintero y a impulsar que hicieran algo por los compañeros, fallecidos, enfermos o  postrados en cama para que la empresa se hiciera responsable. Fuimos como 7 miembros al principio y hoy ya somos como 150”.

Un año antes de que su esposo muriera, fueron junto a otros ex funcionarios a exigir que desde Codelco los recibieran. “Pero las dos veces que fuimos nos desalojaron con carabineros. Llevamos a varios maridos enfermos, pero nunca, nunca nos recibieron”.

Entre los enfermos que protestaban frente a la puerta principal de la Fundición también estaba el esposo de su amiga y vecina, Carolina Vega, que en mayo de 2009 vio cómo Clemente Aguilera moría de cáncer a la laringe.

EN BUSCA DE JUSTICIA

“Clemente trataba de no demostrar que estaba enfermo. Empecé a pillarlo porque se iba al patio a trabajar y se me desaparecía. Entonces lo iba a buscar a la pieza del fondo y lo encontraba tendido en la cama. El se sentía mal, pero no quería demostrarlo porque no nos quería hacer sufrir”, relata Carolina Vega.

Clemente Aguilera se jubiló de Enami en 1992. Durante sus 26 años en la empresa se desempeñó como jornalero de bodega, despachador de materiales y capataz, entre otros cargos.

Fue diagnosticado con cáncer a la laringe casi 15 años después, aunque su esposa dice que se empezó a sentir mal mucho antes de eso, pero no fue al doctor.

Tres meses antes de morir, estuvo hospitalizado “a puro suero, porque no podía comer ni tragar nada. Luego el doctor habló conmigo y me dijo que no tenía mejoría así que era mejor llevarlo a la casa. A los 12 días falleció”, relata.

Y asegura emocionada que aunque tiene a su hijo a su lado “cuando uno ya tiene su hogar necesita a su pareja. Nosotros fuimos muy querendones, era un amor muy profundo el que nos teníamos”.

Carolina recuerda que una de las tareas que realizó su esposo en Enami fue entregar materiales. “Cuando estaban trabajando llegaban tambores con líquidos que no venían con etiquetas y ellos lo abrían y sólo sabían que era material para trabajar ahí”. Y recuerda que un fin de semana “lo mandaron a limpiar unos triciclos que ocupaban para acarrear material. El sábado llegó con la cara roja, como cuando se cuecen las jaibas. Me asusté y le pregunté qué había pasado. Me dijo que tenía calor y comezón en la cara. Igual fue el domingo a trabajar”.

La viuda asegura que su marido le dijo en más de una ocasión que iba “a morir de cáncer porque el material es tan fuerte que a veces tenemos que corrernos cuando están haciendo algún trabajo”. Por eso, asegura, ha dejado los pies en la calle buscando justicia. Porque “con estas exhumaciones se van a dar cuenta que la gente ha muerto por la contaminación y no por ser curados o fumadores como han dicho. Mi esposo jamás se fumó un cigarro”.

EL LARGO VÍA CRUCIS DE GABRIEL ARROYO

No es difícil creer que si alguien trabaja en el sector minero, al menos tiene un buen pasar, mejor que los trabajadores de otros rubros. Con bono millonario incluido después de la negociación colectiva.

Pero nada más lejos de la realidad que le tocó a Gabriel Arroyo, uno de los trabajadores de la Fundición Ventanas. Su cuerpo será exhumado para probar que murió víctima de los materiales nocivos que absorbió  durante 35 años.

Durante todo ese tiempo, Arroyo trabajó para ENAMI. Primero manejando grúas y luego en la fundición propiamente tal, hacia el final de sus días.

Padre de cuatro hijos, “todos estudiamos por aquí, sólo un hermano alcanzó a ir a un instituto. Teníamos una vida de pobres, de clase media baja”, dice Gabriela, su hija mayor.

Cuando jubiló en 1998, “recién pudo comprarse un auto un poquito mejor, un Toyota Tercel, y arreglar la casa”, relata Gabriela.

La vida de don Gabriel era la de un obrero común. “Trabajaba desde la ocho de la mañana hasta las cinco. Llegaba, tomaba once y se acostaba. Algunas veces iba a darse una vuelta al campo, o cuando podía viajaba al sur, porque era de allá”, afirma la mujer, que habla en lugar de su madre, para quién la muerte de su marido el 2005 sigue siendo una herida abierta.

“Lo que más pena me daba es que después de jubilar tuvimos que atenderlo como indigente, porque la jubilación no daba para tenerlo en una clínica y a veces pasaba horas tendido en una camilla en el hospital. Después de la jubilación se olvidan de estos viejitos”, asegura Gabriela.

Y los últimos años de don Gabriel, fueron especialmente duros. Cuando se jubiló hace 14 años, se le detectó una diabetes muy agresiva que le costó en pocos años la amputación de todos los dedos del pie izquierdo. A eso se suman varias operaciones según enumera su familia: úlcera en el duodeno, próstata, vesícula, cataratas en los dos ojos, pérdida de audición y heridas en las piernas cuya causa de aparición nunca le fue determinada en vida.

Hace siete años, don Gabriel Arroyo falleció de un infarto. Tenía 70 años. Su familia no asoció inmediatamente las causas de tantas enfermedades y finalmente la muerte, a su trabajo en Ventanas. “Porque sabemos que estamos todos contaminados, y más antes, que no había ningún tipo de filtro. En el último tiempo han hecho algo, pero antes nada” dice su hija mayor.

Ahora, su viuda Carmen Villablanca, pertenece a la agrupación que hace seis años se formó para conseguir una indemnización. Más allá del dinero, sobre el cual ni siquiera manejan una cifra que los compense, esperan que se haga justicia con un hombre que entregó literalmente su vida por un trabajo y luego fue dejado a su suerte.

JUBILARSE PARA MORIR

Héctor Torres Villalón entró a la Fundición Ventanas como albañil  en mayo de 1973. En 2003, cuando jubiló era conductor de maquinaria pesada.

Fue padre de cuatro hijos y durante los 30 años que trabajó en la empresa, “tuvimos una vida sin lujos, pero tampoco con apuros económicos”, dice su viuda Silvia Osorio.

De hecho, mientras trabajó no tuvo indicios ni síntomas de nada que lo hiciera preocuparse. Se jubiló dos años antes, a los 63 años, cuando tenía planes para lo que sería una larga última etapa de su vida.

Pero en 2005 empezó con molestias estomacales. Los médicos en primera instancia le detectaron cálculos en la vesícula. Pero al hacer la incisión para sacárselos, se dieron cuenta que el cáncer ya estaba ramificado.

“Tenía su mentalidad especial y no quiso operarse ni hacer tratamiento”, cuenta su esposa. Cinco meses después de que el cáncer fuera diagnosticado, Héctor Torres murió.

Meses después, Silvia Osorio (58) recibió un llamado de otra viuda de Enami, que la invitó a formar parte de la agrupación. El cuerpo de su marido será uno de los primeros cuatro exhumados. Mediante este procedimiento, la Fiscalía espera extraer pruebas que permitan determinar si la exposición a metales pesados le provocó el cáncer fulminante que acabó con su vida.

“Con la empresa (ENAMI) no hemos tenido ningún contacto, ellos le echan la culpa ahora a Codelco”, cuenta Silvia Osorio.


 

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