El ser humano como centro del desarrollo sostenible y los dichos de Benítez

Columna de opnión de Javiera Vallejo, periodista Fundación Terram, publicada en El Mostrador el 11 de mayo de 2013.


La Ministra de Medio Ambiente, María Ignacia Benítez, ha aparecido reiteradamente en los medios de comunicación a raíz de declaraciones controversiales respecto a los temas de su cartera; en el último episodio, fuertemente criticado desde el mundo ambiental, la funcionaria aseguró que es necesario poner al ser humano en el centro del desarrollo sostenible, debido a que según algunos el problema del descuido al medio ambiente radica justamente en que el modelo de desarrollo actual pone en el centro al ser humano.
Estoy de acuerdo con la Ministra. El problema es que el desarrollo capitalista y el modelo neoliberal, al contrario de lo que creen algunos, no pone en el centro al ser humano, sino a una clase por sobre otra, y como consecuencia ya no sólo tenemos zonas de sacrificio ambiental sino zonas de sacrificio humano. El actual modelo neoliberal no comprende al medio ambiente como un sistema del cual el ser humano es parte, sino como una herramienta al servicio ya no de la humanidad, sino de una clase que se enriquece a costa de todo lo que la rodea, incluyendo otros seres humanos.
Y pese a estar de acuerdo con los dichos de Benítez, tengo la certeza que desde su punto de vista esa premisa se aplica para justificar un modelo de desarrollo que no puede hacerse cargo de la conservación y mejoramiento del medio ambiente, porque contradice las bases mismas de su funcionamiento. La ministra utiliza este argumento conmovedor para justificar la imposibilidad que tiene cualquier gobierno de turno de plantear un cambio estructural al modelo de desarrollo, de poder generar empleos seguros en cuanto a la contaminación, e instalar empresas no contaminantes, o bien de descontaminar zonas que se han visto afectadas por este “desarrollo”, sin transformar los cimientos del modelo. En este marco, es perfectamente comprensible que la Ministra señale que el compromiso adoptado el año 2009 en Copenhague se haya realizado bajo “la emoción del momento” y que no sea posible reducir las emisiones de carbono en un 20% para el 2020. No es posible porque no existió ninguna política de fondo para ello, sino que al contrario, se incrementó la extracción minera y por ende la instalación de termoeléctricas a carbón, incluso a costa de destruir ecosistemas frágiles y valiosos, como el de Isla Riesco en el extremo sur del país. Un mayor cuidado del medio ambiente es esencialmente contradictorio a este modelo.
La ministra señala además que para pensar un desarrollo sustentable es necesario hacerse cargo de la pobreza, afirmación que también me parece correcta. Sin embargo, en contra de lo que asume Benítez, ha quedado claro que sólo con un mayor desarrollo no se asegura per se la disminución de la pobreza, sino que puede ser lo contrario, y al respecto sobran ejemplos: Puchuncaví, Tocopilla, Coronel, zonas emblemáticas de nuestro desarrollo pero que presentan niveles de pobreza mayor al promedio país, además de altos índices de enfermedades crónicas y catastróficas, falta de servicios básicos e impedimento de desarrollo de actividades económicas familiares como la pesca y la agricultura. En este sentido, ¿qué tipo de bienestar humano es el que está al centro del modelo de desarrollo, cuando vemos comunidades enteras sacrificadas para el beneficio de unos pocos?
En definitiva, queda claro que el cuestionamiento no apunta a qué es lo que está por sobre lo otro, sino que se debe entender el rol que juega el ser humano, y no la humanidad como categoría etérea, sino las mayorías que, como diría Martínez Alier, generan luchas a partir de la necesidad de supervivencia.
No creo que sea necesario llevar esta discusión a la radicalidad de la apología del sujeto pobre como el único que puede ser realmente ecológico, sin embargo, sí es importante enaltecer el rol que juegan las comunidades humanas en la lucha por la protección del medio ambiente, no entendida como salvar delfines porque son bonitos para nuestras vacaciones en Brasil, sino porque el medio ambiente está comprometido en lo que Martínez situó como la oikonomía, algo así, y en sus propias palabras, como una economía moral, alejada de la reducción costo-beneficio del valor de la naturaleza. Los conflictos socioambientales han dado muestras de resistencia y búsqueda de salidas al modelo de desarrollo; humanizar el desarrollo sustentable es volcarse a éstos y reconocer lo positivo de estas experiencias. El desarrollo sustentable en sí es muy humano, al contrario del desarrollo capitalista y el actual modelo neoliberal que hemos experimentado duramente estos últimos tiempos.
Poner en el centro al ser humano, como ser genérico, es un buen punto de partida para comenzar a pensar un desarrollo sostenible, no en el sentido en que lo quiere instalar la ministra Benítez -como justificación para no avanzar en ningún tipo de transformación en este rumbo-, sino que para pensar en el desarrollo pleno de la humanidad en su conjunto.

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