La difícil sanación de Fukushima

El 8 de septiembre, Tokio -la capital de Japón- fue elegida como la sede de los Juegos Olímpicos de 2020. A dos años del terremoto y maremoto que azotaron a ese país y provocaron el mayor desastre nuclear desde Chernobyl, la prefectura de Fukushima vive alejada de la reconstrucción del resto del país. Por las calles de sus ciudades abandonadas crece la vegetación sin restricciones y los habitantes aún tienen miedo de volver. La Tercera, 15 de septiembre 2013.
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Fue más o menos así. El 11 de marzo de 2011, a las 14.46 de Japón, un terremoto de magnitud 9.0 golpeó la costa noreste, donde estaba la central nuclear de Fukushima. Luego, olas de hasta 15 metros superaron sin problemas las barreras de contención que medían menos de la mitad de esas enormes paredes de agua. Lo que vino fue el peor accidente nuclear desde Chernobyl. Después de la lluvia radiactiva, se liberó suficiente radiación como para que se evacuara a todos en un radio de hasta 20 kilómetros de la central, ubicada en la ciudad de Okuma.

De eso han pasado más de dos años, pero los trabajos por tratar de recuperar este pedazo de tierra, en un país donde el terreno es un bien escaso, aún son insuficientes. En el pueblo rural de Naraha, en la misma prefectura de Fukushima, los trabajadores equipados con guantes de goma y máscaras quirúrgicas siguen raspando la capa superficial del suelo, tratando de sacar los restos de tierra contaminada con elementos radiactivos. Los vidrios rotos que quedaron los levantan sin barrer: usan paños que, después de pasar dos veces sobre la tierra dañada, son inmediatamente arrojados a la basura. El 27 de agosto, adelantándose a la votación que terminaría eligiendo a Tokio como la sede de los Juegos Olímpicos de 2020, el gobierno anunció que gastará US$ 500 millones en medidas que estabilizarán la planta. Entre ellas, tomar ellos la operación para limpiar la central, quitándosela a la Tokyo Electric Power Company (Tepco).

Tomás Munita, que fue a Fukushima a tomar estas fotografías y regresó la semana pasada, dice que lo más impresionante del lugar fue que “parecía congelado en el tiempo. La gente tuvo que evacuar y la vegetación comenzó a comerse el lugar. El clima es cálido y húmedo, entonces las enredaderas comenzaron a crecer en los estacionamientos, trepando por los muros de las casas con plantas de varios metros de altura. Es la oportunidad de ver qué sucede en una ciudad si de un minuto a otro desaparece la gente”.

Para entrar de día a la zona de evacuación piden llevar mascarillas y guantes. Pero nadie lo controla. La policía y los guardias municipales, cuenta Munita, están más preocupados de controlar que no haya saqueos y que los vecinos que van a buscar cosas a sus hogares no regresen con restos contaminados. El único lugar que está más restringido es el sector más próximo a Okuma. Para llegar hasta allá es necesario contar con un permiso gubernamental.

En su recorrido por los pueblos, Munita sólo encontró a una persona que se resistía a abandonar su lugar, en la ciudad de Tomioka. El resto, dice, no tiene ninguna intención de volver. 

 

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