Tompkins, una persona de convicciones

Opinión de Flavia Liberona, Bióloga, Directora Ejecutiva de Fundación Terram.


Tompkins no era una persona fácil, tampoco difícil: era una persona de convicciones. Una persona sencilla, austera, que creía en lo que hacía, que estaba convencido que la actual forma de desarrollo había llegado a su límite y que como humanidad debíamos hacer un gran cambio. Sus planteamientos no tenían como centro estar a favor o en contra del modelo neoliberal, eran a favor de la vida en la tierra. Por ello su proyecto de crear parques nacionales tenía y tiene un sello especial, un sello de cambio.

Tal vez lo que más se conoce de su obra es la creación de áreas protegidas en las regiones australes de Chile y Argentina, con el propósito de conservar la Patagonia. Pero él no era solo un millonario que tuvo la “loca idea” de hacer parques y donarlos al Estado, detrás de sus acciones había un tremendo ser humano que pensaba, creía y actuaba bajo la convicción de que podemos hacer las cosas distinto. Cada vez que creaba un parque, cuestionaba la economía tradicional, destructora de la vida y generadora de pobreza a mediano y largo plazo. Prueba de ello son varias publicaciones que pueden encontrarse en la web www.tompkinsconservation.org.

Tompkins era una persona que siempre estaba dispuesta a intercambiar ideas; a reunirse con quienes pensaban distinto y mostrarles que las cosas se pueden hacer mejor para todos los seres vivos. Él estaba convencido que no tenemos que destruirlo todo para abastecer las demandas de la especie humana y mucho menos la codicia de unos pocos, que podemos vivir de otra manera, lo que no significa disminuir la calidad de vida. Algunos lo han calificado de visionario, yo pienso que era una persona sensata, que tuvo la posibilidad de hacer algo distinto a lo tradicional, a lo que hacen aquellos que tienen dinero.

La forma en que Douglas Tompkins y su esposa Kris se instalaron en Chile generaron dudas, suspicacias y desconfianza, pues nunca antes personas con tanto dinero se habían dedicado a comprar tierras para restaurarlas, conservar sus ecosistemas nativos y donarlas al Estado. Nunca antes los habitantes de este país habíamos tenido la experiencia de conocer la verdadera filantropía, de ver que es posible dar y no solo extraer sin límite, como hacen la mayoría de las corporaciones. Con la llegada de los Tompkins a Chile entramos en una nueva etapa, en la que se vio confrontada la filantropía versus el extractivismo a ultranza que ha caracterizado el modelo de desarrollo chileno.
Con la inesperada muerte de Douglas Tompkins, la sociedad chilena se remeció, revivimos entrevistas, polémicas e imágenes, pero también estos días en que se han realizado todo tipo de recuentos, nos permiten valorar el proyecto de creación de áreas protegidas y su determinación para impulsarlo, cuestionando -de paso- a sectores industriales que representan una amenaza para los objetivos de conservación de la Patagonia chilena. Tompkins hizo en Chile lo que muchas, pero muchas autoridades no han sido capaces de hacer, aún estando mandatadas para aquello, ¡proteger y restaurar ecosistemas únicos!

La muerte de Douglas Tompkins, sin duda, nos plantea desafíos, por una parte los que de cerca o más lejos lo conocimos y tuvimos la oportunidad de compartir con él, deberíamos sentirnos comprometidos en apoyar a Kris y su equipo a que se materialice su trabajo, para que el gobierno de Michelle Bachelet reciba las donaciones de áreas protegidas que estaban en proceso de ser entregadas al Estado. Pero el desafío más grande lo tiene el Estado de Chile, eso este y los gobiernos que vengan, pues debe ser capaz de rendirle un homenaje conservando estos maravillosos parques para las generaciones futuras con estándares Tompkins.

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