| “Dejar entrar los transgénicos a Chile es un riesgo” |
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En 2004, Marie-Monique Robin viajó a India a buscar información para un documental que realizaba sobre biodiversidad. Fue allí donde el portavoz de un sindicato campesino le pidió que investigara a "la multinacional que se estaba apropiando de la comida del mundo". Se refería a la empresa líder de los transgénicos en el mundo, Monsanto. Desde entonces, Robin no ha parado hasta destapar cada artimaña de esta empresa, pese a las amenazas y a que la transnacional nunca ha querido concederle una entrevista. Así lo constatan la serie de documentos y testimonios que Robin expone en "El mundo según Monsanto" (editorial Península/Océano), un reportaje editado en libro y documental, que se ha convertido en best seller en Francia, ha sido traducido a 10 idiomas y que llega a Chile hoy, presentado por su autora en la Biblioteca Nacional. Aunque en Chile sólo se pueden cultivar semillas transgénicas para su exportación, el tema siempre ha generado un arduo debate científico y comercial. Las ONG ambientalistas acusan falta de regulación y transparencia en la entrega de información, y a Monsanto de hacer lobby para dilatar la discusión de las leyes sobre Organismos Genéticamente Modificados (OGM) en el Congreso y de mover sus influencias en el Ejecutivo. Mala opción Pero las alarmas se prendieron cuando en enero de este año la ministra de Agricultura, Marigen Hornkohl, hizo más que un guiño a este mercado al afirmar que la transgenia es una herramienta que ofrece "enormes oportunidades ante los desafíos que se nos vienen". Una opinión que esta periodista francesa no comparte en absoluto. Si bien no conoce a fondo la situación de los cultivos modificados en nuestro país, sí sabe lo que significa abrirles las fronteras. "Dejar entrar los transgénicos a Chile es un riesgo. Una mala opción". -¿En qué podría afectar la entrada de los OGM a Chile, considerando su aspiración de transformarse en una potencia alimentaria? -¿No es una buena opción? Sin utilidad social Es más, Robin asegura que los OGM no tienen ninguna utilidad social. "Sólo sirven a Monsanto, porque son semillas transgénicas patentadas y ellos se encargan de cobrar por ellas, como lo vi en Norteamérica, donde existe la ‘policía de semillas’ que espían a los granjeros que replantan semillas transgénicas y los llevan a juicio", cuenta. -¿Y qué hay con los transgénicos de segunda generación, que prometían erradicar el hambre del planeta? DATO |