Bosques espinosos: mucho más que carbón

Opinión de Fernanda Miranda, geógrafa de Fundación Terram, sobre la situación actual de los ecosistemas mediterráneos y los bosques espinosos. Fuente: El Mostrador, 22 de mayo de 2020.


Entre el sur de Coquimbo y la Región del Ñuble, se presentan una serie de condiciones climáticas y geográficas que posibilitan la existencia de los ecosistemas mediterráneos, los cuales, a pesar de albergar una valiosa biodiversidad, han estado sometidos a una serie de impactos desde la época colonial, producto de los cambios de uso de suelo que sobre ellos ha impuesto el desarrollo económico y social.

Dentro de esta zona, se encuentran los bosques espinosos mediterráneos, que forman parte de los ecosistemas más amenazados a nivel nacional y, a pesar de que las principales especies que lo componen son consideradas de bajo valor de conservación, diferentes estudios han determinado la urgencia de establecer estrategias que reduzcan la presión antrópica y el riesgo al que se encuentran sometidos, con la finalidad de resguardar la comunidad biológica que éstos conforman.

En el reciente recurso de protección interpuesto por la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) en contra de la Contraloría General de la República (CGR) y la Corporación Nacional Forestal (CONAF), producto del término de las aprobaciones de solicitudes de los “Planes de Manejo de Corta de Bosque Nativo para Recuperación de Terrenos con Fines Agrícolas” luego de que la CGR dictaminara su incompatibilidad con la legislación vigente, la federación gremial agrícola más antigua del país señala que la habilitación de suelo para uso agrícola se ha dado en zonas “cubiertas de malezas o especies de bajísima rentabilidad, como es el espino, el cual solo sirve para producir carbón”; una afirmación que además de contener profundas imprecisiones que no se sostienen ante la evidencia científica, dan cuenta de una grave incomprensión de la crisis climática y ecológica que experimenta no solo la zona mediterránea, sino también el planeta.

Los espinales son una formación boscosa dominada por espinos (Acacia caven) y algarrobos (Prosopis chilensis), las que dependiendo de su distribución geográfica suelen estar acompañadas por otros árboles nativos como el quillay (Quillaja saponaria), litre (Lithraea caustica), bollén (Kageneckia oblonga) y maitén (Maytenus boaria); como también por especies arbustivas como el colliguay (Colliguaja odorífera), tevo (Retanilla trinervia), tralhuen (Trevoa quinquenervia), entre otros; y diversas hierbas muy abundantes durante la primavera.

Contrariamente a lo que señala el gremio agroexportador, los bosques de espino presentan múltiples usos, pero fundamentalmente son relevantes desde el punto de vista ecosistémico. Según el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA)[1], el espino constituye un elemento fundamental en la producción pastoral y ganadera del secano interior, dado que tiene una influencia positiva sobre la composición y producción de la pradera. Bajo los árboles se genera un microclima que se caracteriza por temperaturas del aire y del suelo fuertemente atenuadas, con lo cual la evaporación es menor, lo que permite una mayor disponibilidad de agua para las especies herbáceas, que se traduce en una mayor producción forrajera y ganadera.

Al mismo tiempo, diferentes estudios señalan que el algarrobo chileno, junto con el espino, tienen la facultad de fijar nitrógeno, contribuyendo positivamente en la estructuración del suelo y al adecuado desarrollo de las plantas que allí crecen, por lo que mejoran la fertilidad del suelo[2]y[3]. También, como exhiben adaptaciones fisiológicas que les permiten desarrollarse en suelos salinos y tolerar condiciones estresantes por déficit hídrico, daños mecánicos y drásticos cambios de temperatura, los bosques de espino podrían contribuir sustancialmente a la recuperación, mantención y enriquecimiento de los suelos hoy degradados[4].

Otras investigaciones han determinado que algunos espacios deforestados y luego abandonados por actividades agrícolas son posteriormente recolonizados por especies leñosas pioneras como el espino, dándose una sucesión ecológica donde los bosques de espino, sirven de conectores y posibilitan la recuperación del bosque esclerófilo[5],[6] y [7], y por lo tanto, de sus funciones ecosistémicas. Los espinos pueden facilitar el desarrollo de otras especies protegiéndolas con sus espinas de animales, enriqueciendo el suelo con nitrógeno, y brindando la luz necesaria para la regeneración de otras especies, ya que su follaje no es muy denso.

También existen estudios que han determinado que los ecosistemas de espinos en la zona mediterránea presentan un potencial elevado para aumentar el almacenamiento de carbono orgánico del suelo y, por lo tanto, la conservación y restauración de estos ecosistemas permitiría fortalecer un sumidero potencial de carbono, contribuyendo a mitigar el impacto del CO2 atmosférico y el calentamiento global[8].

A pesar de ello, nos encontramos en un escenario bastante complejo en términos de los niveles de resguardo que el Estado chileno le está brindando a este tipo de vegetación. En la actualidad, la totalidad de los pisos vegetacionales asociados a bosques y matorrales espinosos mediterráneos tienen escasa o nula protección en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNASPE), con una representación que no supera el 0,8% para ninguno de los pisos, a pesar de ser parte de una de las 35 zonas prioritarias para la conservación a escala mundial (hotspot de biodiversidad).

Diferentes han sido las actividades que han provocado la grave afectación que hoy se observa en esta formación vegetacional, siendo la habilitación de terrenos para la agricultura uno de sus principales factores de perturbación. Actualmente solo un 40% de la distribución histórica de los bosques espinosos mediterráneos ha persistido a los usos humanos. De este modo, de una distribución histórica cercana a las 1.6 millones de hectáreas, hoy solo existen 951 mil hectáreas de bosques espinosos entre el sur de Coquimbo y la región del Ñuble[9].

La degradación ambiental no sólo ha reducido el área de ocupación de los bosques de espino, sino también está poniendo en peligro la sobrevivencia de las dos especies que definen y caracterizan este tipo de bosque. Por ello, estudios recientes han estado proponiendo diferentes técnicas de restauración y utilización sostenible para conservar los espinales[10].

Por todo aquello, desde Fundación Terram valoramos el dictamen de Contraloría que impide la expansión agrícola a costa de los bosques y matorrales tanto esclerófilos como espinosos. Sin embargo, es urgente que se reforme la Ley de Recuperación de Bosques Nativos y Fomento Forestal (Ley N° 20.283 de 2008), incorporando y reconociendo la importancia de todas las formaciones vegetacionales tanto espinosas como esclerófilas en el marco de la desertificación y la sequía que experimenta la zona mediterránea. Se debe, además, por una parte, educar a la población para que se comprenda en profundidad el valor de los ecosistemas antes mencionados, junto con emprender acciones de reforestación, pero esencialmente de restauración que permitan recuperar os procesos ecológicos que se han perdido en áreas donde estas formaciones han sido eliminadas o degradadas. Finalmente, es imprescindible asegurar la protección de los bosques espinosos mejorando su representatividad en el SNASPE.

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[1] INIA (2015). El Espinal de la Región mediterránea de Chile.

[2] Ovalle, C., J. Aronson, J. Avendaño, R. Meneses & R. Moreno. 1993. Rehabilitation of degraded ecosystems in central Chile and its relevance to the arid «Norte chico». Revista Chilena de Historia Natural 66: 291-303

[3] Urzúa, H. 2005. Beneficios de la fijación simbiótica de nitrógeno en Chile. Ciencia e Investigación Agraria 32: 133-150.

[4] Ovalle, C., J. Aronson, A. del Pozo & J. Avendaño. 1999. Restoration and rehabilitation of mixed espinales in central Chile: 10-years report and appraisal. Arid Soil Research and Rehabilitation 13: 369-381.

[5] Hernández A, Miranda M, Arellano EC, Dobbs C (2016) Landscape trajectories and their effect on fragmentation for a Mediterranean semi-arid ecosystem in Central Chile. J. Arid Environ. 127: 74-81.

[6] Armesto, J.J., Pickett, S.T., (1985). A mechanistic approach to the study of succession in the Chilean matorral. Rev. Chil. Hist. Nat. 58, 9–17.

[7] Fuentes, E.R., Hoffmann, A., Poiani, A., Alliende, C., (1986). Vegetation change in largeclearings: patterns in the Chilean matorral. Oecologia 68, 358–366.

[8] Muñoz, Cristina, Ovalle, Carlos, & Zagal, Erick. (2007). Distribución del carbono orgánico del suelo almacenado en el perfil de un Alfisol en ecosistemas Mediterráneos de Chile

[9] Luebert, F. & Pliscoff, P. (2019) Sinopsis Bioclimática y Vegetacional de Chile. 3° edición, 2019. Santiago, Chile: Editorial Universitaria.

[10] Root-Bernstein, M., Jaksic, F., (2013). The Chilean Espinal: restoration for a sustainable silvo-pastoral system. Restor. Ecol. 21, 409–414

 

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