Fundación Terram por el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación: «Es necesario cambiar el modelo de producción agrícola»

Foto: Archivo Terram.

Declaración pública de nuestra organización en la que hacemos un llamado a cambiar las perspectivas del modelo agrícola, en vista de sus impactos en un contexto de sequía y cambio climático.


Revisa las infografías sobre «La urgente protección de los ecosistemas de transición»

La desertificación consiste en una disminución cualitativa y cuantitativa de los sistemas vitales (suelo, agua, bosque y vegetación) y afecta a países alrededor de todo el mundo. Es un proceso de degradación de las tierras causado por las variaciones climáticas, pero fundamentalmente por las actividades humanas. Las principales causas de este fenómeno son la deforestación y la destrucción de la cubierta vegetacional nativa, generadas por los cambios de uso del suelo como la habilitación de terrenos para la agricultura, y la expansión urbana descontrolada, lo que conlleva la erosión de los suelos fértiles, afectación a los acuíferos, falta de agua, salinización de las tierras y pérdida de biodiversidad.

Este año, el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía se conmemora en medio de una pandemia que nos obliga a replantear nuestra relación con el planeta. Hace casi un año, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) advertía en el Informe Especial sobre Tierras que necesitamos cambiar drásticamente la forma en que producimos alimentos y manejamos la tierra, y es que más de un 70% de la superficie terrestre ha sido alterada por las actividades humanas y, si todo continúa como hasta ahora, para 2050, la alteración podría llegar al 90%; más de dos mil millones de hectáreas de tierras antes productivas que se encontrarían degradadas; y, si se continúa con el actual modelo de producción y consumo de alimentos, para 2030 se requerirían 300 millones de hectáreas adicionales de tierra.

En Chile, la situación no es distinta. La desertificación afecta una superficie aproximada de 47,3 millones de hectáreas, lo que equivale al 62,3% del territorio nacional, cerca del 49% de los suelos de Chile sufren algún grado de erosión (36,8 millones de ha), un 79% del país tiene algún grado de riesgo de degradación de la tierra (alrededor de 60 millones de hectáreas) y la sequía ya alcanza 55 millones de hectáreas (72% del territorio).

Lamentablemente, pareciera ser que nuestras autoridades no están comprendiendo el desafío y, aún con este crítico escenario, no dan pie atrás con el paradigma de “Chile: potencia agroalimentaria”. Así lo expresó el ministro de Agricultura, Antonio Walker, en la reciente cuenta pública de su cartera, señalando que el aumento de la demanda de alimentos en los mercados internacionales constituye una oportunidad para el país.

Cabe señalar que este modelo agrícola, desde hace un poco más de tres décadas ha estimulado de forma importante la expansión de la fruticultura para la exportación a costa de la producción de cereales y leguminosas orientadas al mercado interno, lo que, dicho sea de paso, ha generado una dependencia de las importaciones. Además, la producción de frutas y verduras es tres veces superior a lo que el país necesitaría para que todas las personas dispusieran de 400 gramos de estos alimentos (cantidad recomendada para una vida saludable), pero solo el 20% más rico de la población puede acceder a ellos, ya que Chile exporta la mayor parte de esas frutas y verduras[1].

Este aumento de cultivo de frutales bajo un sistema intensivo de producción no solo ha sido posible a través del reemplazo de otros cultivos, sino también por medio de la deforestación de grandes extensiones de vegetación nativa, principalmente en la zona mediterránea que se extiende entre el sur de Coquimbo y la Región del Ñuble, donde se encuentran los bosques y matorrales esclerófilos y espinosos, ecosistemas de alto valor ambiental por constituir una zona de transición climática entre las condiciones de aridez propias del desierto y la abundante humedad y vegetación que se presenta más al sur.

Revisa el comunicado que explica «La urgente necesidad de proteger la zona mediterránea»

Conoce en estas infografías «La zona mediterránea y sus características»

Tristemente, estos ecosistemas están sufriendo un grave proceso de degradación y desertificación, siendo hoy uno de los ecosistemas que más ha experimentado un rápido cambio en la cobertura del suelo, debido a la creciente y descontrolada expansión urbana, pero, principalmente, por la conversión de estas áreas para la producción de frutales: solo entre 2008 y 2020 se talaron 19 mil hectáreas de bosque nativo para estos fines, todo con la aprobación de la CONAF –cuya legalidad fue recientemente cuestionada por Contraloría-, agudizando el deterioro de los procesos ecológicos básicos como el almacenamiento de agua, la conservación del suelo y el reciclaje de nutrientes, entre otros.

Aún en el contexto de grave desertificación y sequía, las autoridades insisten en soluciones que más bien profundizan el problema. El ministro Walker señaló que “el gran desafío de Chile es producir más alimentos con menos suelo y menos agua”, para lo cual sería necesario “recuperar el tiempo perdido e ir hacia la construcción de grandes obras de riego”, lo que no es más que una contradicción. Esta idea forma parte del Plan de Emergencia sobre la Reactivación Económica y del Empleo en el contexto del COVID-19, firmado la madrugada del 14 de junio y respaldado tanto por el oficialismo como por parte de la oposición (DC, PS y PPD).

Sin embargo, desde Fundación Terram creemos que aquello solo contribuye a un aumento de la oferta, que no estará acompañado de una adopción de criterios que gestionen la demanda de los nuevos volúmenes de agua disponibles, propiciando un aumento de los terrenos cultivables y, por lo tanto, amplificando la sustitución de vegetación nativa y el deterioro de los suelos, alterando la capacidad de los ecosistemas para almacenar agua y agudizando el escenario de desertificación, lo que empeorará con los efectos de la sequía y el cambio climático.

Asimismo, nos parece preocupante que las autoridades pretendan abordar el avance de la desertificación y la sequía profundizando las causas del problema, como lo es la presión extractivista sobre los ecosistemas naturales, más aún si ello solo persigue el aumento de la rentabilidad del gran empresariado agrícola, sin atender la inseguridad alimentaria que el actual modelo de producción genera y que se ha visto agudizada en este periodo de pandemia.

Desde nuestra perspectiva, hacer que el proceso de recuperación económica y social sea a largo plazo, implica replantear las bases bajo las cuales se sustenta el actual modelo agrícola, trazando la senda de una nueva agricultura nacional, más inclusiva, de dependencia selectiva enfocada al desarrollo rural, promoviendo la producción a pequeña escala y alta calidad para mercados nacionales y regionales.

 

[1] Según el representante Regional de la FAO, Julio Berdegue, en el seminario sobre “Seguridad Alimentaria en tiempos de pandemia”, realizado el día 16 de junio por el MINAGRI.

 

Descarga la Declaración Pública Fundación Terram por el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación.

 

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