Reportaje: En busca del salmón perdido

El 27 de junio, las 18 jaulas del centro de cultivo de salmones 'Caicura', de propiedad de Blumar, se hundieron en el Seno de Reloncaví. Cerca de 875 mil peces se fueron a pique y una cantidad aún indeterminada logró salir y diseminarse por el mar. Desde entonces, solo 26 mil ejemplares han sido recuperados por pescadores artesanales. Fuente: Revista Sábado - El Mercurio, 25 de julio de 2020


Arriba y abajo. Como si fuera un barco atravesando una tormenta, las pasarelas flotantes del centro de cultivo de salmones ‘Caicura’, de la compañía Blumar, se movían ondulantes, como un puente dando espasmos. Primero una ola, luego otra y así, sin respiro. Un tren de agua embravecida que sacudía todo lo que tocaba y un viento Puelche de más de 40 kilómetros por hora.

-Por suerte ya habían rescatado a los trabajadores -recuerda José Alvarado, presidente de la federación que reúne a los 34 sindicatos de pescadores que hay Hualaihué, en la Región de Los Lagos, al ver un video de lo que pasó esa noche-. Nosotros le tenemos respeto a ese viento -agrega.

La secuencia fue captada en la madrugada del sábado 27 de junio por una de las cámaras de seguridad del centro. No aparece el momento exacto del colapso, pero Alvarado lo imagina.

-Debe haber sido como un ascensor en caída libre -explica.

‘Caicura’ comenzó a operar en 2016. Estaba en su cuarto ciclo de producción y tenía 18 jaulas con 875 mil peces en total, el 5% de todas las operaciones de Blumar, que contemplan otros 18 centros de cultivo en distintas regiones. Todos esos peces quedaron en el fondo del mar durante esa noche, a 295 metros de profundidad según se determinaría en los días siguientes.

No está claro aún cuántas de esas jaulas se abrieron en el descenso, ni cuántas llegaron abajo manteniendo los peces en su interior, pero sí que a las pocas horas de haberse hundido, los pescadores que tenían sus redes caladas frente a la costa de Hualaihué comenzaron a atrapar salmones. Un llamado de uno de ellos alertó a Alvarado de lo que estaba pasando: ‘Tengo como 200 kilos’, recuerda el dirigente que le dijo.

Al amanecer, Alvarado replicó la información en el grupo de WhatsApp de la federación y prácticamente todo el pueblo bajó a la costa.

Apenas vio el mensaje, Angélica Uribe, de 56 años, recolectora de orilla del sector de La Poza, corrió a mirar el corral de piedras donde su familia pesca desde hace más de medio siglo. Si era verdad lo que decían de la fuga, había una gran posibilidad de que algunos salmones hubiesen recalado allí. Y tenía razón. En medio del agua estancada había decenas de salmones apretujados. Llamó a su hermano para que la ayudara con la captura y, aunque era temprano y el agua estaba gélida como un témpano, ambos se metieron para sacarlos con la mano. A veces, incluso, simplemente bastaba con una pequeña patadita para que el pescado encallara en las piedras, dando espasmos. ‘Pescar con los pies’, dice Alvarado, una vieja técnica que, tras los escapes masivos de salmones en esa zona, sirve para graficar la magnitud de la fuga.

-Había tantos, que bastaba con un empujón para sacarlos -agrega Angélica Uribe.

Angélica vive allí desde hace 15 años. Nació en la zona, luego se fue a Santiago y regresó. Esa mañana, ella y su hermano pescaron 50 salmones. Para cuando terminaron, al mediodía, la playa estaba llena de gente calando redes. La noticia del escape se había viralizado con rapidez en la comuna.

Hualaihué tiene 9 mil habitantes y una extensión de casi 3 mil kilómetros cuadrados. Está en el inicio de la Carretera Austral, a 130 kilómetros de Puerto Montt. Separado por el mar, mira frente a la cara este de la Isla de Chiloé. Allí, hoy prácticamente todo el pueblo vive de la pesca y del empleo asalariado que generan las salmoneras, que se instalaron hace tres décadas. Antes, cuando ese lugar era una tierra fértil en alerce, la madera era la principal área productiva.

Francisco Gutiérrez, de 49 años, pescador y dirigente sindical de Contao, un caserío de la comuna de Hualaihué, recuerda esa época en que su padre trabajaba cortando árboles en Guaitecas. Habla de esos años en que se hacían latas travesías a remo, cuando él todavía era niño. Más tarde, luego de terminar sus estudios, cuando ser leñador era un negocio en extinción, Gutiérrez se convirtió en buzo. Y así estuvo por 22 años, trabajando de manera independiente, hasta que en 2008 se empleó en una salmonera. Tras diez meses, un accidente lo llevó no solo a renunciar, sino que a abandonar para siempre la actividad.

Gutiérrez habla de la vez en que durante un procedimiento, mientras soltaban una jaula con 50 mil pescados y él estaba entre medio de la ‘red lobera’, que protege a los salmones de las amenazas del mar abierto, el cardumen nadó despavorido donde él estaba, dejándolo apretado entre ambas mallas, con miles de peces inmobilizando su cuerpo.

-Estuve batallando contra la muerte por varios minutos. Saqué mi cuchillo y rompí la lobera. Boté todo el equipo para salir por ahí. Estaba como a 18 metros, emergí casi muerto -recuerda.

Desde entonces trabaja en la pesca. Tiene una embarcación que se llama ‘El Cruzado’, en la que todos los años, desde octubre a abril, sale en busca de merluzas, congrios, róbalos o mantarrayas. En invierno, cuando los peces desaparecen y el clima aumenta el riesgo de los naufragios, para Gutiérrez, y para el resto del pueblo, no es rentable meterse al mar. A veces ha salido con tres mil pesos en el bolsillo. Para compensar esa merma, y ‘dar vuelta el año’, en estos meses se dedica a comprar pescado y a venderlo envasado. En eso estaba cuando la mañana de ese sábado 27 de junio se enteró de la fuga de los salmones.

-Como al mediodía un amigo me llamó para que saliera a calar las redes. No era llegar y abrazarse, pero salían -cuenta.

Ni Francisco Gutiérrez ni Angélica Uribe pescaban para comer. En el 2018, cuando a la compañía noruega Marine Harvest, hoy llamada MOWI, se le escaparon 690 mil salmones desde el centro de cultivos de Punta Redonda, frente a Calbuco, en Hualaihué casi todo el pueblo se unió a la recaptura. Por entonces, la empresa pagó 5 mil pesos por cada pieza. Capturar a los ejemplares fugados es una tarea importante. La ley establece que las salmoneras tienen un mes para atrapar el 10% de los peces y así evitar multas derivadas de la Ley de Pesca y los incumplimientos a la Resolución de Calificación Ambiental.

-Es muy raro reflexionar esto, pero nos cayó del cielo -dice Gutiérrez, que ese día sacó 40 peces junto a un socio y su hijo.

Al finalizar la jornada, prácticamente todo el pueblo tenía salmones en sus casas. Pescaron sin saber aún si la empresa pagaría por ellos, ni en cuánto los tasaría. Angélica Uribe, que durante estos meses se dedica a vender pan amasado, ese día no salió del agua en varias horas. Cuando ya era de noche, José Alvarado, el dirigente de la federación, les informó a todos los asociados que Blumar estaba dispuesta a cancelar 10 mil pesos por cada uno de los ejemplares. En un día, Angélica y su hermano se habían hecho 500 mil pesos. El dinero, sin embargo, no los obnubilaba. Los beneficios del presente contrastaban con la incertidumbre del futuro.

-La plata sirve, pero ¿qué viene ahora? -se pregunta ella con preocupación.

Ese domingo, el teléfono de Fernando Núñez sonó todo el día. Lo llamó prácticamente Hualaihué entero para hacerle la misma pregunta: ‘¿Va a comprar salmón?’, le decían.

Núñez tiene 38 años, nació en Cochamó, vive en Tentelhué, ha sido pescador, buzo y desde 2008 que se dedica a la compra y venta de productos del mar, especialmente merluza. Dicho de otro modo, Núñez es un intermediario entre los pescadores y las empresas procesadoras. Mientras más pescado logra mover, más gana.

-Estaba saliendo harto salmón -dice.

Como Blumar pagaba 10 mil pesos, Núñez comenzó a comprarlo a 8 mil y en la madrugada del domingo, junto a su socio, iniciaron la recolección.

-Llegó mucha gente a mi casa, desfilaban los vehículos. Hubo unos pescadores que en una sola entrega me pasaron como 180 pescados. Para toda la gente esto fue una bendición -cree.

Ese domingo en la mañana, toda la costa de la comuna amaneció con redes caladas. Vino gente desde Puerto Montt, Calbuco y Chiloé, en camionetas y lanchas. El pueblo se llenó de desconocidos buscando salmones.

-Todo el que tenía una red, pescó -agrega Núñez.

No hay cifras oficiales, pero él estima que cerca de mil personas participaron ese día en la recaptura. Tanta gente haciendo lo mismo trajo historias increíbles, como la de una embarcación que supuestamente habría sacado nueve millones de pesos en un solo lance, un relato que hasta hoy nadie puede confirmar. Pero también se produjeron problemas entre los locales y los afuerinos. José Alvarado recuerda que ese día recibió denuncias que iban desde prácticas desleales en el calado de las redes, como embarcaciones con redes más grandes que se ponían delante de los más pequeños, hasta robos de pescados.

-Acá estamos acostumbrados a dejar las redes caladas y a sacarlas a la mañana siguiente, pero como vino tanta gente se empezaron a perder. En las noches pasaban las camionetas sacando el pescado y la gente se quedaba a manos cruzadas -dice.

Para evitarse problemas, ese domingo en la tarde Alvarado se dedicó a formalizar con la empresa la participación de la federación en el proceso de captura. Inscribió a todos los socios de los 34 sindicatos y a las 388 embarcaciones, para que Sernapesca ni los carabineros pudieran pasarles multas o denunciarlos a la fiscalía. La ley sanciona a las personas que son sorprendidas con salmones. Aunque suelen salir enganchados en las redes durante todo el año, se estima que el salmón del Atlántico, al ser una especie introducida y al no estar comprobado aún científicamente que los ejemplares escapados se reproducen en el mar abierto, estos le siguen perteneciendo a la empresa que los criaba, aunque se hayan asilvestrado.

En Hualaihué los pescadores se han opuesto siempre a esa ley. Creen que pone el foco de manera equivocada en la propiedad privada, aún cuando el dueño no tiene control efectivo sobre esos ejemplares, y descuida la protección del medio ambiente. Alvarado cuenta que actualmente en el Congreso se está discutiendo una ley que podría cambiar eso.

-Cuando el pescador ve que hay mucho salmón por la costa, lo ve como una oportunidad de negocio. Nosotros vivimos en un lugar que no es fácil, si se pueden generar lucas se hace. Pero también hay que cuidar el medio ambiente -explica.

Esa noche del domingo, Fernando Núñez llevó una camioneta con 2 mil piezas hasta la caleta de Tentelhué, donde Blumar instaló un centro de acopio con dos camiones. Al día siguiente, que era feriado, la pesca disminuyó. Núñez cuenta que desde entonces las entregas comenzaron a bajar. Sospecha que no todos los salmones lograron salir de las jaulas. Si se hubiesen escapado los 875 mil pescados, como se informó en un principio, Hualaihué todavía estaría lleno de salmones, dice, pero actualmente no recibe más de 40 pescados al día.

La diferencia de conceptos, ‘fuga’ versus ‘hundimiento’, ha sembrado nuevas inquietudes en los pescadores.

Quienes han visto las imágenes submarinas de cómo quedó el centro ‘Caicura’ en el fondo del mar dicen que la estructura dejó a los salmones atrapados en su interior.

-Se nota la biomasa adentro -cuenta Alicia Gallardo, directora nacional de Sernapesca, que ha visto las imágenes de cuatro de las 18 jaulas del centro.

Gallardo no habla de peces vivos o muertos, sino de un concepto distinto: un enorme bulto de materia orgánica en descomposición, que será clave para determinar cuántos se escaparon y cuántos quedaron atrapados.

-Van a tener que usar una ecosonda para saber a cuántos peces equivale esa masa. La diferencia de eso con el total de salmones que habían en el centro, daría el número de los ejemplares fugados -agrega.

No es lo mismo peces ‘fugados’ que ‘hundidos’. Hay protocolos que se activan para cada caso. Del total de fugados, por ejemplo, dependerá la cifra de recaptura mínima, y sobre el total hundidos, que según la ley no tiene ninguna cuota obligatoria de repesca, tendrán que hacerse los análisis para determinar el daño al ecosistema y a la actividad artesanal. La primera semana de agosto vence el plazo para que la empresa informe del plan de retiro de la mortalidad, incluidos los restos del centro.

-No sabemos la real implicancia que esto puede tener en el mar -admite Gallardo.

Los pescadores son pesimistas respecto a este punto. No creen, aún cuando logren sacar las jaulas, que esa masa de carne salga adentro de las plataformas.

-Abajo está todo podrido, puro barro. Cuando suban el centro, eso va a quedar allí contaminando. Esa es nuestra preocupación. Alguien externo debería investigarlo -dice José Alvarado.

El dirigente pone en discusión un tema que es unánime en la federación que preside: que lo que falta en el debate es sustento científico.

-Cuando hay mortandad de mariscos nosotros siempre culpamos a las salmoneras, pero necesitamos que se investigue, que el Estado ponga plata para saber realmente lo que está pasando.

Alvarado no comprende cómo en estos 30 años de desarrollo de la industria, se sepa tan poco sobre si las mortalidades masivas generan mermas en otras especies, si la instalación de centros de cultivo ha afectado los caladeros de pescas o sobre el daño que provocan los salmones que se escapan. En este último caso, pone de ejemplo la forma en que se determinó, por ley, que 10% de los peces recapturados era una cifra aceptable desde el punto de vista del cuidado medioambiental.

-Resulta que si se recupera uno de cada diez salmones no hay daño. ¿Y los otros? -se pregunta-. Debería ser mínimo 30%, porque este bicho es carnívoro, se come a los otros pescados. Es cierto que las salmoneras han dado trabajo, pero eso no quiere decir que lo hayan hecho bien. Este es un problema del Estado, que no ha sido capaz de ponerles reglas claras -afirma.

Alicia Gallardo agrega algunos matices en este debate. Luego de los primeros brotes del virus ISA, en 2007, por ejemplo, dice que se reforzaron los programas sanitarios de vigilancia y control de enfermedades, y que tras el vertimiento de casi 30 millones de salmones muertos, ocurrido en 2016 por la proliferación de algas nocivas, surgió el Comité Interinstitucional de Contingencia, donde la Armada, Sernapesca y la Superintendencia del Medio Ambiente (SMA) actúan de manera coordinada durante una emergencia como la ocurrida en ‘Caicura’.

Además de la preocupación de los salmones muertos y los escapados, -dice Gallardo-, en este caso importa también determinar si la estructura del centro estaba preparada para resistir un temporal como el que ocurrió el 27 de junio. La segunda semana de agosto vence el plazo para que la empresa presente en la SMA un estudio de ingeniería que ayude a establecer las causas del hundimiento. Un aspecto en la fiscalización que dentro del Reglamento Ambiental asoma como una debilidad.

-El reglamento no es concreto de las medidas técnicas que debe tener una estructura de cultivo y eso lo hace difícil de fiscalizar. No existen las especificaciones para verificar la certificación de las estructuras. Yo participé en la primera ‘Mesa del salmón’, cuando fue el virus ISA, y allí ya se decía que había que preocuparse de esto. Hay que establecer estándares muy claros que den cuenta que estos centros pueden soportar una escenario oceanográfico y climatológico A, B o C -explica Gallardo.

Sobre este último punto, un boletín del Observatorio Marino Reloncaví, del Centro i-mar de la Universidad de Los Lagos, determinó, a través de los datos de una boya oceanográfica instalada en el Seno de Reloncaví, que en el momento del escape de los salmones ‘predominaban vientos del este intensos’, que alcanzaban los 40 kilómetros por hora, y que fueron más ‘intensos’ en donde se encontraba ubicado el centro. ‘Es probable que la acción combinada del viento, mareas y corrientes haya contribuido con el colapso del centro’, dice el documento. El informe destaca que este ‘evento atmosférico’ fue similar al reportado en el escape de salmones ocurrido en Punta Redonda, de Marine Harvest, en julio de 2018.

Tras una fuga, las primeras horas son fundamentales. Y aunque en el caso de ‘Caicura’ se logró sacar varios miles de ejemplares durante los siguientes tres días al hundimiento, el salmón luego desapareció.

-Tenemos en terreno más de 50 profesionales, expertos en operaciones e inspecciones de fondo marino que cuentan con robots submarinos, embarcaciones con dispositivos de visión y prospección del fondo, además de drones -enumera Pedro Pablo Laporte, gerente del área de salmones Blumar Seafoods.

Laporte explica que el hundimiento del módulo es algo inédito en la industria y que se están asesorando con expertos para evaluar la factibilidad de un proceso de recuperación, teniendo a la vista todas las consideraciones ambientales y técnicas.

-Estamos destinando todos los recursos necesarios para enfrentar esta situación en permanente coordinación con la autoridad y en contacto con las comunidades, para mantenerlas informadas -agrega.

A casi un mes del hundimiento, la compañía ha recapturado cerca de 26 mil pescados. Aún tienen tiempo para seguir aumentando ese número. Si la cifra final representa o no 10%, solo se sabrá tras las mediciones de la biomasa acumulada. De eso va a depender la evaluación del daño ambiental y las sanciones a las que se expone la compañía, que, según cuenta Alicia Gallardo, pueden llegar incluso a la revocación de la Resolución de Calificación Ambiental. Una medida que desde que está en operación la actual legislación ambiental nunca se ha tomado, estando pendiente aún el proceso sancionatorio iniciado en 2018 en contra de Marine Harvest.

Según cifras de Sernapesca, desde 2010 a la fecha han ocurrido 70 episodios de escapes, cuatro en la región de Los Ríos, 39 en Los Lagos, 25 en Aysén y dos en Magallanes. En total, en una década, 4,5 millones de salmones han dejado el cautiverio y su recaptura ha sido mínima.

¿Dónde están los que faltan? Esa es una pregunta que nadie aún ha podido responder.

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