Explotación de turberas en Chile pone en peligro ecosistema clave para combatir el cambio climático

Las turberas son clave en la lucha contra el cambio climático, pues a largo de los años han almacenado tanto CO2 de la atmósfera que hoy son sumideros de carbono incluso más importantes que los bosques. Sin embargo, muchos de estos ecosistemas están en grave peligro debido a la explotación artesanal e industrial para la producción de un sustrato que es utilizado en cultivos y jardinería. Fuente: Mongabay, 12 de mayo de 2021.


Existen paisajes en el sur de Chile que lucen como extensas praderas repletas de esponjas rosadas sumergidas en agua. Estos humedales con conocidos como turberas y tienen en la superficie musgo, que es una capa de material vegetal que va muriendo con el paso del tiempo y acumulándose, hasta formar una capa orgánica llamada turba.

Las turberas son clave en la lucha contra el cambio climático, pues a largo de los años han almacenado tanto CO2 de la atmósfera que hoy son sumideros de carbono incluso más importantes que los bosques. Sin embargo, muchos de estos ecosistemas están en grave peligro debido a la explotación artesanal e industrial para la producción de un sustrato que es utilizado en cultivos y jardinería.

Carolina León se convirtió en experta en turberas casi por casualidad. Empezó estudiando insectos en sus años de pregrado en biología en la Universidad de Concepción y cuando comenzó su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, quiso investigar líquenes de bosque. La profesora que estudiaba esas especies, sin embargo, no tenía tiempo de guiarla en su nueva tesis, así que León buscó a otra asesora que trabajaba con turberas y pensó que la diferencia entre líquenes de bosque y musgos de turberas no era tan abismal.

Con el tiempo, León —quien hoy es investigadora y jefa del Centro de Investigación en Recursos Naturales y Sustentabilidad  (CIRENYS) de la Universidad Bernardo O’Higgins— descubrió que las turberas son ecosistemas mucho más complejos de lo que imaginaba, que su conservación es urgente y que debe ser prioritaria.

Mongabay Latam conversó con ella y esto es lo que nos contó.

¿Qué son las turberas y para qué son explotadas?

Las turberas son tipos de humedales. Hasta hace unos 10 o 15  años, cuando empecé a hacer la tesis de doctorado, era un tema muy desconocido. Lo que se sabía es que en ellas crecía una planta, que es de interés comercial, que es el musgo Sphagnum magellanicum conocido como pompón. Este, cuando muere, se va acumulando. Esa materia orgánica que está debajo del musgo, es decir, de la planta viva, está semidescompuesta y se llama turba.

La turba se puede usar para combustible y para ese fin se extrajo mucho, sobre todo en la parte norte de Europa. En Chile la turba está regida bajo el código minero ya que es considerada un fósil por lo que se puede explotar como un recurso minero. Sin embargo, no se usa como combustible, sino que se tritura y se vende como sustrato para el cultivo de distintas plantas como hongos, champiñones o almácigos. También, el musgo de mejor calidad, que son unas hebras largas de un color rosa pálido, se usa para jardinería de lujo, por ejemplo, para cultivar orquídeas.

Pero todos estos intereses económicos también tienen implicancias ecosistémicas.

¿Cómo cuáles? 

En esta materia orgánica semidescompuesta se encuentran almacenadas grandes cantidades de CO2. De hecho, se considera que las turberas son uno de los principales reservorios de carbono a nivel global, muchísimo más que los bosques en número de toneladas de carbono que están acumuladas.

Pero, además, son reservorios de agua. Este musgo tiene una característica muy particular. Su cuerpo tiene unas células que son huecas y el agua queda atrapada dentro de la planta, entonces es como una esponja. La cualidad de almacenar agua en las turberas es que esta se evapora mucho menos que un espejo de agua, y se va liberando lentamente mientras va recargando la red hídrica.

El caso de la isla de Chiloé, que no tiene una provisión de agua de deshielo, sus humedales y sus bosques son fundamentales porque de ahí proviene el agua dulce.

¿Dónde están las turberas?

En Chile tenemos grandes extensiones de turberas desde la región de Los Lagos hacia el sur. También tenemos otras más pequeñitas desde la Región de la Araucanía. Pero uno de los principales lugares donde ha habido mucha actividad extractiva es Chiloé. Ahí empezó como el negocio de la extracción del pompón.

Pero es una actividad muy extendida que llega hasta Magallanes (la región más austral del país), principalmente porque es generalmente artesanal. La realizan de manera informal personas que no necesitan mayor infraestructura ni equipamiento.

¿Cómo funciona el proceso de extracción?

Lo primero que hay que entender es que hay una gran diferencia entre extraer turba, que es un recurso que no es renovable porque se generó a lo largo de miles de años, y cosechar la capa superior, que es la planta que está viva, que se corta y de la cual se puede hacer manejo sustentable para que se vuelva a regenerar.

Un agricultor que trabaja con su familia no tiene muchas opciones de sacar turba. Es muy complejo. No lo hace. Lo que recolectan es el musgo, la capa superficial. El punto es que a veces no solo se recolecta lo que se llama la primera mano, que es la parte viva, sino que muchas veces sacan mucho más profundo y llegan a la parte de la turba. Entonces igual generan un impacto porque si arrancas todo el musgo este no puede volver a crecer.

Hemos ido a lugares donde se ve como si hubiese pasado un jabalí arrasando todo y dando vueltas a todo el sustrato. Hay muchos sitios donde hay muy buenas prácticas, se preocupan y efectivamente generan un sistema que es renovable, pero hay otros lugares en donde no es así.

Por otro lado, la turba principalmente se extrae en Magallanes aunque en la comuna de Ancud, en Chiloé, hay también un proyecto industrial de extracción de turba que genera un impacto tremendo.

¿Cuál es ese impacto?

Las turberas son un sistema que siempre está saturado de agua. Esa es su condición cuando está en un buen estado de salud. Eso hace que sea muy complejo trabajar y extraer el material porque va a estar todo siempre muy mojado. Entonces se van haciendo drenes por alrededor, como pequeños canales por los que se va retirando el agua.

En el caso de la extracción de turba hay que drenar. No hay otra forma y ese daño es irreversible.

Porque pierde su cualidad de reservorio de agua…

Sí, pero además cuando drenas todo eso que estaba saturado de agua y lo pones en contacto con el oxígeno, se empieza oxidar, a descomponer y se empieza a liberar el CO2 que estaba almacenado. Entonces la turbera ya no es un sumidero de carbono, sino que es un emisor de carbono. Llega un punto en que ya se descompone todo, pero estamos hablando que son millones de toneladas de materia orgánica. Por eso la conservación de las turberas se ha considerado como una solución ante el cambio climático basada en la naturaleza. Si yo no quiero generar grandes chimeneas naturales de carbono, tengo que cuidarlas.

¿La extracción artesanal también drena el agua?

No siempre. En 2020 entró en vigencia una regulación del Ministerio de Agricultura que prohíbe el drenaje en la extracción de musgo, aunque yo he estado en muchos sitios donde se hace de todos modos.

Pero si existe una ley que prohíbe el drenaje, ¿cómo puede haber extracción de turba que es una actividad que necesariamente requiere drenar la turbera?

El problema es que en un ecosistema aplican distintos marcos regulatorios. El decreto supremo del Ministerio de Agricultura no regula la turba, sino el musgo. Si quieres sacar turba debes aplicar al Servicio de Evaluación de Impacto Ambiental como proyecto minero. Si sacas musgo, eso va por otro carril, por el del Ministerio de Agricultura.

Ahora está en trámite un proyecto de ley que busca eliminar la turba de la aplicación del código minero. Además, hace unas semanas, en abril, se presentó otro proyecto de ley para prohibir la extracción del musgo. Se han ido generando estas iniciativas un poco desordenadas. Para mí no tiene sentido que yo prohíba que se extraiga la capa superior, las plantas, si no prohíbo que se extraiga la turba. Eso por lejos es lo que genera el mayor impacto. Sacar la parte superior sin protocolos de sustentabilidad también genera muchos impactos, pero están a años luz de lo que ocurre cuando yo dreno y saco la turba.

¿Entonces en el sector artesanal también hay impactos?

Sí, porque durante muchos años se ha extraído sin ninguna conciencia de la regeneración de la planta. Hay muchas zonas en donde uno ve que queda absolutamente erosionado el lugar y ahí no vuelve a crecer el musgo. Por el contrario, lo que crecen son plantas exóticas, invasoras, que se van apoderando del espacio y van colonizando.

¿Qué sectores son los más golpeados?

Yo puedo hablar de la región de Los Lagos, que es lo que más conozco. Por ejemplo, en la provincia Llanquihue, en Maullín, hay muchas zonas que están muy deterioradas. En el caso de Chiloé, zonas en donde se ha extraído bastante es por Dalcahue y también por Quemchi.

El problema es que hay tanto desconocimiento que no tenemos un catastro, no sabemos cuánto es lo que está impactado y lo que es peor, no sabemos cuántas turberas tenemos.  Se han hecho algunos intentos. Ahora el Ministerio de Medio Ambiente está iniciando un catastro, pero las turberas no fueron parte del Inventario Nacional de Humedales que partió hace ya muchos años. Entonces estamos con un vacío de información que no nos permite dimensionar. Tampoco sabemos cuántas personas viven de esta actividad económica. Lo único que sabemos es cuánto se exporta en toneladas anuales (unas 4600 toneladas en 2019 por un valor de US $20 millones, según el último anuario forestal del Instituto Forestal (INFOR) 2020).

La actividad genera millones de dólares en exportación, pero ¿cuánto le puede costar luego al Estado hacerse cargo de los pasivos ambientales que quedan por esa actividad?

Que la turba no esté regida por el código minero sería un paso importante…

Sí. Desde el punto de vista legal ha sido muy complejo porque modificar el código minero es muy difícil, pero es un paso crucial. Realmente creo que la aberración máxima es sacar turba. Si efectivamente como Estado me quiero hacer cargo de las implicancias del cambio climático, quiero tener estrategias de conservación de ecosistemas, de biodiversidad, extraer turba no es compatible.

Es más, el año pasado las turberas se incorporaron dentro de las contribuciones que hacen los países firmantes de la COP para disminuir los gases de efecto invernadero. Entonces es contradictorio hacerse cargo de estos ecosistemas que son claves en la gestión del cambio climático y, por otro lado, permitir que exista esa actividad.

¿Qué está investigando ahora?

Entre el estallido social y la pandemia hemos estado mucho tiempo sin ir a terreno. Yo creo que nuestros equipos que estaban midiendo ya se les acabó la batería. Cuando podamos ir vamos a tener que resucitar todo lo que tenemos. Pero una de las cosas en las que nos hemos centrado es comprender mejor cuáles son las condiciones preferidas del musgo para crecer.

Estamos aplicando algunas técnicas de restauración ecológica para ver si se pueden generar ciertas condiciones que sean más favorables para que se pueda recuperar el musgo pensando en recolección sustentable. Por ejemplo, estamos viendo qué pasa si lo corto de una manera, si le pongo una cobertura, si le pongo otro musgo al lado.

También hemos estado midiendo el nivel freático. Queremos saber qué pasa con la temperatura porque el cambio climático también es una amenaza.

A mí me encantaría que todas las turberas pudieran estar dentro de una red de conservación. Sería maravilloso, pero también entiendo que es un sistema socio ecológico donde hay personas que dependen de él económicamente. Entonces, o nos hacemos cargo a través de buenas prácticas o generamos incentivos para la conservación, pero de alguna forma hay que apoyar a las comunidades para que efectivamente esos ecosistemas puedan quedar ahí. Porque decir no recoja o no haga esto, no funciona.

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