Cambios, ¿pero a qué precio?

Luego de que 2008 comenzara con pánico en torno de los precios de los alimentos, el mundo pareció estar despertando ante el calentamiento global. Pero entonces golpeó la recesión y la velocidad de la respuesta ante las amenazas ecológicas se ralentizó. La Nación, 05 de diciembre 2009


Nadie podría haber previsto el dramático final de 2008. Incluso cuando el Presidente Bush se escabullía de las leyes estadounidenses de protección al medio ambiente, el Presidente electo Barack Obama designaba al Premio Nobel de Física Steve Chu como el próximo ministro de Energía de Estados Unidos. Chu es visto como el repudio a todo lo que postuló Bush y predice que las temperaturas subirán en 6,1 grados Celsius hacia fines de este siglo si no se hace nada al respecto. Aunque ello no signifique que la edad del petróleo se acabó, si usted quiere una señal de que 2008 fue un punto de inflexión, esto no podría haber sido más claro.

Pero regresemos a comienzos de año. Estanterías vacías en Caracas, disturbios en India y México, y escasez de arroz en Dhaka, Manila y Katmandú. Comerciantes en por lo menos 12 países africanos subsaharianos estaban acaparando alimentos y el alza de precios del maíz y el arroz conducía a inestabilidad política. Los gobiernos se veían forzados a intervenir para proteger los suministros y controlar el costo del pan y los productos lácteos. El problema, decían los analistas, era una mezcla de cambio climático y de climas extremos que generaban malas cosechas en los principales países productores de granos, como Australia. Pero la culpa también yacía en los muchos millones de hectáreas de maíz, trigo y otros cultivos plantados en Estados Unidos y otras partes que se destinaron a generar biocombustible para los autos en lugar de alimentos para las personas. Se cernía una catástrofe, dijo Naciones Unidas.

Interconexión de tres crisis

Esa catástrofe se produjo lentamente y fuera de la vista de las cámaras, en la nueva línea del frente de la pobreza profunda. La prueba surgió hace una semana, cuando la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO) informó que 2008 había visto el mayor aumento de personas desnutridas en décadas. Según datos preliminares, más de 960 millones de personas (uno de cada seis individuos en el mundo) sufren hambre, y 40 millones sufrieron desnutrición en 2008 debido a los mayores precios de la comida.

El año quedará como un hito de la interconexión entre escasez de alimentos, cambio climático y recesión. Pero fue también el año en que a los gobiernos debería haberles quedado en claro que el crecimiento basado en los combustibles fósiles y en la producción de autos sólo conduce al desastre social y ecológico. Se disparó la contaminación del aire el tráfico aéreo marcó un récord de 622 millones de pasajeros y de una pérdida casi histórica de selvas tropicales en la Amazonía y otras partes. Pero el cambio climático dominó la agenda. Un torrente de documentos científicos mostró que el hielo antártico se derretía más rápido que nunca y que la capa de hielo de Groenlandia retrocedía sin vuelta atrás. El metano, uno de los gases más dañinos para el cambio climático, reverberaba desde la tundra y el océano Ártico. Hubo temperaturas y temporadas de huracanes récord; científicos y grupos ambientalistas que hace uno o dos años creían que sería posible mantener el aumento de la temperatura global en sólo dos grados Celsius aceptaron que esto podría ser imposible.

Pero también quedó en claro en 2008 que el cambio climático estaba impactando brutalmente sobre los pobres. Los agricultores de subsistencia informaron sobre un patrón de estaciones cada vez más impredecibles y de problemas sociales ligados directamente al agua y las altas temperaturas. En el noreste de Brasil, que ha visto un alza de las temperaturas de a lo menos un grado Celsius en sólo 30 años, más de 1,5 millones de personas no tienen ahora suficiente acceso al agua y deben dirigirse al sur del país para trabajar en los campos de biocombustibles. En Bangladesh, Uganda, Níger, Malawi, Nepal y otras partes, las temperaturas estaban haciéndose más cálidas y las lluvias menos abundantes y menos predecibles.

Pregunta no respondida

Otra tendencia se hizo evidente. Los países ricos, preocupados por el rápido crecimiento de la población global y la merma en los suministros de alimentos y combustible, comenzaron a comprar tierras cultivables en los países pobres. En el Reino Unido, el ministro del Medio Ambiente, Hilary Benn, dijo que el abastecimiento alimentario británico, que viene cada vez más del extranjero, dependía en exceso del petróleo; una situación que, según dijo, "debe cambiar". Pero el reconocimiento más extremo de los problemas que vienen provino de Mohamed Nasheed, el nuevo presidente de las bajas islas Maldivas: quien dijo que estaba buscando una nueva tierra patria, posiblemente en India, para cuando su país sea arrasado por los mares en alza.

La gran pregunta no respondida de 2008 fue hasta dónde están interrelacionadas las crisis financiera, alimentaria y ecológica. La mejor evidencia puede hallarse en un estudio de 1972. Un grupo de economistas y ecologistas intentaron predecir las consecuencias de una población mundial en veloz crecimiento, una rápida industrialización en los países en desarrollo y una polución cada vez mayor. Su famoso libro, "Límites al crecimiento", predijo un hambre creciente, escasez de petróleo y colapso ecológico y económico para mediados del siglo XXI, si los países no replantean el crecimiento. En realidad, durante gran parte de este año, pareció que el mundo rico había comenzado a abordar el desarrollo sustentable. Europa se comprometió a generar el 20% de toda su energía a partir de fuentes renovables hacia 2020, y prohibió las ampolletas incandescentes; Gran Bretaña se convirtió en el primer país del mundo en fijarse una meta legal de 80% de reducción en las emisiones de carbono para 2050; y más de 70 países tienen planes para acelerar el uso de energías renovables. Empresas, agencias de Naciones Unidas, políticos y muchos individuos intentaron genuinamente, todos ellos, reducir las emisiones. Encabezada por Gran Bretaña, aumentó la presión a favor de un esquema de transacciones, y Johan Eliasch, asesor forestal de Gordon Brown, recomendó la creación de un fondo de miles de millones de libras esterlinas para pagar a los dueños de las selvas del mundo por no cortarlas. La ironía estuvo en que un estudio separado del Woodland Trust estableció que los antiguos bosques de Gran Bretaña estaban siendo talados a una tasa aún más rápida que la selva amazónica.

Eco-utopía e industrias verdes

La energía limpia despegó en 2008 y la mitigación del cambio climático se convirtió en una industria, respaldada por las compañías más grandes del mundo. De acuerdo al HSBC, el negocio de la mitigación climática genera 300 mil millones de dólares cada año. En noviembre, la Agencia Internacional de Energía predijo que las energías renovables superarían al gas natural como segunda mayor fuente de generación eléctrica del mundo dentro de dos años, y que la capacidad de generación eólica y solar aumentaría en más del 30%. La revolución energética, prevista para empezar después de 2015, ya está en curso. El arquitecto Norman Foster diseñó la Masdar, una eco-utopía sin autos y con energía solar para 40 mil personas en el desierto de Arabia. El sheik Califa bin Zayed Al Nahyan, gobernante de Abu Dhabi, quedó tan impresionado que ordenó dos, a 15 mil millones de dólares cada una.

A mediados de año, con el petróleo a más de 130 dólares el barril, había preocupación de que el precio pudiera llegar a 200 dólares por barril. La gente se precipitó a comprar autos más pequeños, a hacerse de mejores hervidores y pasarse a la energía eólica y solar: parecía que el alza constante de las emisiones podría ser revertida. Pero la economía se estrelló y el petróleo ha caído bajo los 40 dólares el barril.

Que el mundo se libere del hábito del petróleo y los combustibles fósiles determinará la sustentabilidad global durante los próximos 20 años. Los precios bajos del petróleo suelen sacar a la eficiencia energética de la agenda política. Las recesiones económicas han pinchado en el pasado las burbujas de economías verdes. En tiempos de estrechez, dice el criterio habitual, nadie invierte en tecnologías nuevas o riesgosas, y los países se aferran a la energía barata y sucia.

Demanda que se desploma

Eso estaba ocurriendo hacia fines de 2008. El desplome en la demanda por materiales reciclados, especialmente en China, ha bajado drásticamente los precios de papel, plástico y metales. Varias ciudades han reducido la intensidad de los programas de reciclaje. Mientras, Sudáfrica decidió este mes que no podía pagar por plantas de energía nuclear "limpias" y piensa aumentar masivamente sus centrales a carbón, más baratas pero más sucias. También Gran Bretaña siguió adelante con planes para más minas a cielo abierto.

Informes optimistas señalan que la recesión podría no sólo poner a raya el crecimiento no sustentable, sino también brindarle al mundo la posibilidad de pasar a políticas más sensibles. Los gobiernos, dicen los líderes verdes, tienen una oportunidad histórica para "blindar climáticamente" sus economías. Tanto Obama como Gordon Brown dijeron que se podían crear millones de empleos en construcciones verdes, energía eólica, solar y otras tecnologías verdes. Fueron respaldados por gurús energéticos como Amory Lovins, codirector del Rocky Mountain Institute, y el analista medioambiental Lester Brown, para quien la necesidad de lidiar con el cambio climático y la seguridad energética han puesto a la energía renovable en un curso que no puede ser revertido.

El consenso es que 2008 fue volátil y peligrosamente impredecible. Pero si los gobiernos no cambian, podría terminar siendo considerado como la calma antes de la tormenta.
 

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