La inconciencia ambiental de los políticos

Columna de opinión de Flavia Liberona, Directora Ejecutiva de Fundación Terram, publicada en El Mostrador el 01 de octubre de 2009.


Los primeros indicios del proceso de calentamiento global del planeta originado por la actividad humana fue difundida por científicos a fines del siglo XIX, aunque no fue hasta fines del siglo pasado que los movimientos ecologistas de todo el mundo, en medio de un amplio escepticismo, comenzaron a insistir en la gravedad de la situación y en la necesidad de tomar acciones concretas. Finalmente, en 2007 el Cuarto Informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) dio por zanjada la discusión al señalar, con un 90 por ciento de certeza, que la responsabilidad mayor en el acelerado proceso de cambio climático recaía sobre la Humanidad, a causa de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) que ha generado la actividad humana durante los últimos 200 años.

Desde ese momento, creció a pasos agigantados entre la ciudadanía de todo el mundo la conciencia de la gravedad de la situación, y de la urgencia de tomar medidas en dos sentidos: intentar disminuir los GEI y desacelerar el proceso de calentamiento planetario y, por otro, mitigar los efectos que este proceso generará y que ya se han comenzado a sentir.

Desde el último informe del IPCC queda claro que asumir los desafíos ambientales es cada vez más crucial, y se han instalado con fuerza una serie de temas ambientales en la agenda mundial de políticas públicas. Junto a los desafíos del cambio climático, surge de forma urgente la necesidad de pensar en el mejor manejo de recursos vitales como el agua, los alimentos, los bosques, que deben ser abordados desde distintas perspectivas.

Pero pese a que nos encontramos en una época crucial de la historia de la Humanidad, los líderes políticos nacionales, en especial los candidatos presidenciales, no parecen estar a la altura de las circunstancias, cuestión de la mayor gravedad si se considera que las decisiones y medidas que se adopten ahora determinarán lo que pase con las futuras generaciones.

Además de la falta de voluntad política que prevalece en ciertos temas y personeros, lo que parece ser el fondo del problema es que los políticos simplemente no saben nada de ecología, ecosistemas ni seres vivos, y por tanto no comprenden la real dimensión y complejidad de los desafíos que deberían asumir. Así se desprende de las declaraciones aisladas y parciales de ciertos candidatos y líderes de la política local que, por ejemplo, suelen declararse a favor de una u otra tecnología ofrecida en el mercado mundial, como supuesta solución para los problemas locales. Tecnologías para la desalinización del mar, la implementación de procesos de biotecnología o cierto tipo de energías, por nombrar algunos, son paquetes tecnológicos disponibles y al alcance de gobernantes y tomadores de decisiones, que se encandilan fácilmente pero no analizan ni comprenden si efectivamente son soluciones aplicables a los problemas locales, ni consideran que en lugar de beneficios, pueden traer problemas.

En el mundo de hoy, los problemas a los que nos enfrentamos son globales, pues afectan a los territorios más allá de las fronteras nacionales; lo que ocurre en un lugar puede afectar a otro ubicado a miles de kilómetros. Por eso, es necesario buscar al mismo tiempo soluciones globales y locales frente a problemas como la variabilidad del clima o la disponibilidad de agua, en un contexto en que los países deben asumir responsabilidades de manera diferenciada.

Los políticos, tanto candidatos como funcionarios de gobierno, parlamentarios u otros, deben ser capaces de estudiar y comprender a cabalidad las implicancias de las decisiones que toman y sus eventuales consecuencias. Deben comprender, al menos, cómo funcionan los ciclos del agua y del carbono, los equilibrios ecosistémicos y la vital importancia de proteger la biodiversidad local y la vida de las personas. Nuestros tomadores de decisiones no pueden caer en la tentación de favorecer ciertas soluciones tecnológicas fáciles, usualmente respaldadas por corporaciones o gobiernos de países desarrollados y de carácter experimental, sin conocer profundamente sus implicancias y cual puede ser su aplicación en la realidad local. Esto sería pecar de ingenuo o poco responsable.

Es necesario que en la agenda nacional, especialmente en un período electoral como el actual, los políticos y candidatos comiencen, finalmente, a desarrollar una agenda ambiental y de cambio climático en forma seria. Ya pasó el tiempo de asumir un listado de compromisos desarticulados. Ahora el tema debe ser asumido con seriedad, y para eso necesitamos políticos educados y concientes.

 

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