Cuánto nos importa el esmog

Ciclistas, corredores y seleccionados de fútbol sudando bajo preemergencia. Automovilistas que no se bajan
del auto y chimeneas que tiran más humo al aire. En Chile tenemos una República Glaciar y la gente salió a la
calle para protestar contra HidroAysén, pero ¿y el aire? Casi 30 años bajo la nube gris no provocan
cacerolazos ni marchas. La tercera, 18 de julio de 2015.


El viernes 19 de junio la selección chilena goleó 5-0 a Bolivia y aseguró el paso a la siguiente ronda de la Copa América, para felicidad de las 45 mil personas que fueron al Estadio Nacional y otras tantas miles que vieron el partido en sus casas. Ese día, Santiago estaba bajo la tercera preemergencia ambiental del año -que se decreta cuando el Índice de Calidad de Aire por Partículas (ICAP) se mueve entre 301 y 499- y anotó un peak de ICAP que pasó los mil. En ese escenario, se recomienda abstenerse de realizar actividad física y está prohibido el uso de calefactores a leña. ¿Con cuántos asados se festejó esa goleada?

Que se jugara ese y otros partidos bajo preemergencia fue “una pésima señal”, según el doctor Enrique Paris, presidente del Colegio Médico. En el verano, Paris participó en reuniones con el Ministerio del Trabajo y el Sindicato de Futbolistas Profesionales para que no se programen más partidos a la hora de más calor. Pero el gremio de los futbolistas no dijo nada sobre jugar con malos índices de aire.

Y aunque el Colegio Médico se ha hecho parte en recursos judiciales por problemas de contaminación en ciudades como Antofagasta, Rancagua o Chillán, nunca lo ha hecho en Santiago por el esmog. ¿Por qué? “La verdad es que no se nos ha ocurrido”, reconoce Paris y agrega que este sería un buen momento para iniciar una campaña de toma de conciencia sobre los efectos de la mala calidad del aire en la salud de las personas.

Los jugadores de la Roja no son los únicos que se ejercitan bajo la nube gris. Durante los episodios críticos, en plazas y parques de Santiago es posible ver a muchos de los mismos runners de siempre o a papás y mamás andando en bicicleta con sus hijos.

Ni siquiera el subsecretario de Medio Ambiente, Marcelo Mena, se baja de la suya. “¿Si es una señal contradictoria? No. Si fuera recreativo te creo, pero es mi modo de traslado y el de muchas personas”, explica Mena y agrega que tiene instrumental para medir las emisiones y así elige vías menos contaminadas. Además, opta por horarios donde el aire está menos malo.

En las 13 preemergencias y la primera emergencia de los últimos 16 años, casi cuatro mil automovilistas fueron multados por no respetar la restricción vehicular por el Ministerio de Transportes (sin contar los partes de Carabineros) y 350 camiones fueron sorprendidos circulando al interior del anillo Américo Vespucio. Además, la autoridad sanitaria cursó 53 sumarios por uso de calefactores a leña en domicilios y 111 a empresas que no paralizaron sus faenas.

Los expertos coinciden en que este año fue la tormenta perfecta: falta de lluvias y un invierno más frío -que aumenta la necesidad de calefacción-, a lo que se suma una norma más exigente sobre el material particulado fino (pm2,5), el más dañino para la salud, que hizo más visibles los episodios críticos porque con la norma antigua no se habrían decretado tantas preemergencias.

Y el aire podría empeorar con la ampliación de la división andina de Coldelco, advierte Matías Asún, director de Greenpeace Chile, la ONG que el año pasado creó la República Glaciar para proteger las fuentes de agua pero que no ha fundado una República sin Esmog, donde a los santiaguinos, después de casi 30 años con el problema encima, les gustaría vivir, tal como cada vez más gente de Temuco, Osorno y Coyhaique, entre varias otras ciudades, que están sufriendo este tema con intensidad.

Lo que vemos y lo que no

¿Nos preocupa el esmog? “Aparentemente no, porque no ha habido una buena campaña de educación”, responde Paris y ejemplifica con campañas exitosas: si un papá lleva en el auto a un niño sin cinturón de seguridad o manejando en la falda, le tocan la bocina o le llaman la atención en la calle. En cambio, si una persona sale a correr o hace un asado con malas condiciones del aire, poco le dicen.

El material particulado, sobre todo el 2,5, penetra profundamente al árbol respiratorio hasta los pulmones y los alvéolos, y además transporta materiales tóxicos a la sangre. “Eso ocurre sin ejercicio. Con actividad física, como la persona respira mucho más y su corazón trabaja más rápido, la cantidad de material particulado que ingresa a su organismo es mucho mayor”, agrega Paris.

Lo que en general vemos en episodios críticos es un aumento de consultas en los servicios de urgencia por problemas respiratorios y de hospitalizaciones, especialmente en niños y tercera edad, que es la población más vulnerable. Pero desde mitad del siglo pasado existe evidencia mucho más contundente sobre los daños: la contaminación mata.

Uno de los primeros casos registrados de efectos severos son las cuatro mil muertes ocurridas en Londres a raíz de los altos niveles de contaminación que alcanzó esa ciudad en diciembre de 1952, en uno de los inviernos más fríos de la época. A partir de los 70, los estudios científicos demostraron que la contaminación a niveles bajos también puede provocar la muerte.

“En los 90 ya había literalmente miles de estudios que muestran que hay a mortalidad a niveles normales, no en preemergencia y emergencia, sino normales, con ICAP menos de 100”, explica Luis Cifuentes, ingeniero civil de la UC y experto mundial en medioambiente. La norma establece que hasta ICAP 99 el aire es “bueno”. De 100 a 199, regular. Entre 200 y 299 hay alerta ambiental; de 300 a 499, preemergencia; y sobre 500, emergencia.

Según uno de los estudios más concluyentes de Cifuentes, una persona que vive toda su vida en Santiago disminuye su esperanza de vida entre uno y dos años. “Y no sólo vives menos, sino que tu calidad de vida va a ser peor. Hay que ver cómo llegas a los 80 años. Ese concepto es clave”, agrega Cifuentes. Esa información está disponible desde hace más de 10 años.

¿Está incorporada en la ciudadanía? “Es que mientras no nos pasa un desastre a nosotros creemos que le va a pasar al de al lado. Nos creemos inexpugnables”, explica el ingeniero, quien actualmente trabaja en una investigación que evalúa el cambio de percepciones de riesgo de los chilenos entre 2003 y 2013: el esmog y el calentamiento global bajan y aumentan los desastres naturales, como aludes y terremotos por su “terribilidad”.

El esmog puede causar muertes inmediatas o a largo plazo, pero en ambos casos es difícil establecer una relación directa. En las estadísticas no existe el ítem “muertes por esmog”, sino por accidentes, cáncer o infartos, por ejemplo, y en estos dos últimos casos la contaminación puede ser coayudante o causa directa.

“Las personas no llegan a una clínica con un balazo en la cabeza, llegan con un infarto, y eso hace tan complicado que la gente se dé cuenta de las causas”, explica Cifuentes, mientras Paris explica que los médicos debieran explorar la variable “ambiente” para relacionar la enfermedad de un paciente con dónde se desenvuelve.

Además, por más que pongamos atención a las amenazas futuras, nuestro cerebro tiende a centrarse en el aquí y ahora. Por eso, no es lo mismo saber que el esmog reduce la esperanza de vida que haber visto a un jugador de fútbol con un ataque en plena cancha por jugar bajo malas condiciones del aire.

“Mientras no pase eso, vamos a seguir viendo el tema como algo absolutamente normal porque el esmog está naturalizado. Por ejemplo, el tema de Celco en Valdivia prendió porque murieron los cisnes”, dice Javiera Espinoza, geógrafa de Fundación Terram que trabajó en la campaña Patagonia sin Represas.

-¿Por qué cien mil personas marcharon por la Alameda contra las represas y no lo hacen contra el esmog?

La Patagonia es un ecosistema único en el mundo y pusimos el énfasis en la oportunidad de evitar su destrucción. En cambio, en Santiago, seis millones de personas viven bajo la nube negra como si nada.

Un remezón

Wenceslao Unanue, sicólogo de la Escuela de Negocios de la U. Adolfo Ibáñez, explica que las conductas individualistas que vemos en la ciudadanía también influyen en la falta de conciencia con respecto al esmog. “Piensa en la decisión de usar el auto, que contamina, versus subirse al transporte público para ayudar a mejorar el aire que respira uno y los demás”, dice y agrega que los datos ponen a Chile entre los países más individualistas del mundo.

Eso se ve reflejado en las encuestas: por más que la gente esté consciente de los problemas medioambientales, le cuesta asumir sus propias responsabilidades. Un ejemplo es el sondeo Plaza Pública, de Cadem, donde los encuestados culpan de la contaminación principalmente a la industria (44 por ciento), por sobre el transporte (28 por ciento) y la calefacción residencial a leña (23 por ciento).

Otro ejemplo: en la Primera Encuesta Nacional de Medio Ambiente de ese ministerio, el 86 por ciento dice estar haciendo su mejor esfuerzo para cuidar el medio ambiente. ¿Y los demás? Sólo el 34 por ciento cree que las otras personas están haciendo ese mismo esfuerzo; el 35 por ciento cree que el Estado está haciendo su mejor esfuerzo y sólo el 21 por ciento, que las empresas están dando todo lo que pueden.

El subsecretario Marcelo Mena cree que la apuesta por visibilizar los episodios críticos ajustando la norma dejó réditos. “Después de la emergencia ambiental hubo un remezón profundo en la gente y se preguntó qué estamos haciendo para que el aire de Santiago esté tan malo y nuestros hijos no puedan hacer educación física”, lo que también ocurrió en las ciudades del sur.

Mena dice que las encuestas están reportando eso. De hecho, según Cadem, el 84 por ciento de la población está de acuerdo con este estándar más exigente de medición de calidad del aire, dos tercios creen que es buena idea imponer restricción vehicular permanente de vehículos catalíticos y tres de cuatro que hay que prohibir el uso de estufas a leña en días de mala calidad del aire.

Ese apoyo ciudadano, dice el subsecretario, le entrega un necesario nuevo impulso al plan para limpiar el aire, porque si en los últimos 25 años se logró descender en un 64 por ciento los niveles contaminación, para seguir en esa línea se requiere que la gente tome más conciencia de la problemática que se enfrenta. “La emergencia de este año va a marcar un nuevo hito: el momento en que Santiago dijo ‘basta’ a la contaminación”, sentencia Mena.

-Quién lleva la batuta

“Sería razonable una campaña sobre este tema”, dice Matías Asún, director de Greenpeace Chile, ante la pregunta de por qué los grupos ambientalistas no han tomado el esmog para una cruzada. Asún dice que la acción más llamativa que ellos han hecho fue en 2002 cuando colgaron un lienzo sobre la Virgen del San Cristóbal que decía: “No matarás”.

También explica que de manera no tan directa diversas organizaciones han tomado el tema, como los ciclistas o la misma Patagonia sin Represas, que aboga por una matriz energética más limpia. Desde Fundación Terram, su directora, Flavia Liberona, dice que el esmog es un tema engorroso, árido y difuso, que requiere una capacidad técnica que hoy las ONG no tienen.

“No es fácil para levantar una campaña, a no ser que nos estemos ahogando con la nube y haya cuatro personas muertas en el metro. ¿Quién te va a financiar una campaña así?”, dice y añade que en Chile no existe plata para las ONG y que en el extranjero extrañamente tampoco hay muchos fondos disponibles para ese tema en particular.

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