[El Mostrador] El picaflor de Arica –el ave más amenazada de Chile– agita sus alas
Tiene apenas unos centímetros de largo, pesa alrededor de tres gramos y vive en algunos de los valles más intervenidos del extremo norte de Chile. El picaflor de Arica (Eulidia yarrellii) es una de esas especies que fácilmente pueden pasar inadvertidas, pero su historia resume uno de los problemas centrales de la crisis de biodiversidad: cuando desaparece el hábitat, no basta con proteger al animal. Hay que recuperar las condiciones que permiten que vuelva a vivir y reproducirse. Fuente: El Mostrador, 20 de octubre de 2026.
La situación de esta pequeña ave es crítica. Un estudio publicado en Bird Conservation International estimó que en septiembre de 2003 había 1.539 ejemplares en Chile, con un intervalo de confianza de 929 a 2.287 individuos. Los investigadores encontraron que la población estaba restringida a los valles de Azapa y Vítor y señalaron como factores relevantes la desaparición de buena parte del hábitat natural, el uso intensivo de pesticidas y la competencia con el picaflor de Cora (Thaumastura cora).
- Las estimaciones más recientes utilizadas por el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) sitúan actualmente la población en torno a los 400 ejemplares. La especie está clasificada como En Peligro Crítico de extinción y su distribución está estrechamente vinculada a los valles agrícolas de Arica y Parinacota. La transformación de estos territorios ha significado pérdida de vegetación nativa, fragmentación de corredores y exposición a pesticidas, afectando los lugares donde el picaflor consigue alimento, refugio y sitios para nidificar.
Pero este año apareció una señal que, aunque todavía no permite hablar de recuperación poblacional, sí resulta relevante desde el punto de vista ecológico. En marzo, funcionarios del SBAP observaron una hembra de picaflor de Arica en la microrreserva de Chaca, después de más de una década sin registros en ese lugar. El hallazgo se sumó al avistamiento, el 25 de marzo, de un macho y una hembra en la microrreserva de Vítor, administrada por la Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile (ROC).
- La historia de Chaca tiene, además, un antecedente todavía más significativo. En 2025 se había encontrado allí un nido con dos crías, según información difundida por el propio SBAP. Es decir, no se trata solamente de que un individuo haya vuelto a ser observado: existen antecedentes recientes de reproducción en un lugar donde durante años no se habían registrado ejemplares.
Detrás de estos registros hay un experimento de restauración ecológica a pequeña escala. La Red de Microrreservas para la Conservación del Picaflor de Arica reúne cinco terrenos fiscales en los valles de Chaca, Vítor, Azapa y Puquios, que en conjunto abarcan 31,7 hectáreas. Desde 2024 se desarrollan allí trabajos de restauración, además de limpieza, habilitación de terrenos, sistemas de riego, senderos y señalización. En estos espacios se han plantado más de 4.500 árboles y arbustos, destinados a recuperar las condiciones necesarias para que la especie pueda alimentarse, refugiarse y reproducirse.
Las acciones forman parte del Plan RECOGE del picaflor de Arica, cuyo propósito es detener el deterioro de la especie y favorecer la recuperación tanto de sus poblaciones como de los hábitats de los que depende. El plan contempla acciones de monitoreo, manejo y recuperación del hábitat, además de la protección de sitios considerados relevantes para su supervivencia.
Hay, sin embargo, una diferencia que conviene mantener clara. Que vuelva un picaflor no significa que la especie se haya recuperado. Un avistamiento, e incluso la reproducción en una microrreserva, constituye una señal positiva, pero para demostrar una recuperación poblacional se necesitaría observar una tendencia sostenida en el número de individuos, reproducción y supervivencia, además de una mejora comprobable de la calidad y conectividad de su hábitat.
Y justamente ahí está lo interesante de esta historia. La restauración no se está evaluando solamente por la cantidad de árboles plantados o por las hectáreas intervenidas. El regreso de una especie que llevaba años sin ser registrada y la existencia de reproducción proporcionan señales biológicas que permiten comenzar a evaluar si las intervenciones están modificando realmente las condiciones del ecosistema. El propio SBAP plantea que la conservación de esta ave depende de recuperar y mantener los ambientes que hacen posible su supervivencia en el tiempo.
El picaflor de Arica es, en ese sentido, mucho más que un ave pequeña. Es también una prueba a escala reducida de una pregunta que estará en el centro de la COP17 de Biodiversidad: ¿estamos simplemente contabilizando hectáreas protegidas, árboles plantados y recursos destinados a conservación, o somos capaces de demostrar que la naturaleza está efectivamente recuperándose?
En Chaca todavía no existe una respuesta definitiva. Pero después de una década de silencio, encontrar nuevamente al pequeño picaflor y registrar su reproducción ofrece algo que los indicadores administrativos no pueden entregar por sí solos: una señal de que, cuando se recuperan las condiciones de un ecosistema, algunas especies pueden comenzar a regresar.