Rompiendo el paradigma: Minería como base del desarrollo en Chile

Columna de opinión de Javiera Valencia, géografa y experta en cambio climático, de Fundación Terram.


A nivel mundial, la energía derivada de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas) es la principal fuente de contaminantes que contribuyen con el aumento de la temperatura del planeta debido a las emisiones de gases efecto invernadero.

Es importante mencionar que en diciembre pasado, representantes de todo el mundo se dieron cita en París para acordar un nuevo régimen climático que limitara elevar la temperatura en 2°C a fin de siglo. El denominado Acuerdo de París es un espacio en que todos los gobiernos del orbe realzan la urgencia y necesidad de restringir el calentamiento global en base a distintas medidas que contribuyan a este fin, incluyendo con esto, a un llamado a dejar de utilizar las energías sucias como motor de crecimiento.

Lamentablemente cuando volvemos a la realidad local y analizamos cómo podemos contrarrestar el calentamiento global, y la forma de responder al inminente cambio climático -que ya estamos percibiendo- es evidente la necesidad de cambiar el modelo de desarrollo que se lleva adelante. Entramos allí en una discusión del paradigma que impera hoy en Chile, sabiendo que nuestros denominados recursos naturales y las industrias asociadas a ellos -como la minería, pesquera, forestal y celulosa especialmente- son la base de nuestro crecimiento económico. Y que al mismo tiempo, son recursos limitados que son extraídos sin dejar espacio para la regeneración (algunos directamente no se regeneran a escala humana, como los minerales); y además, son las industrias que más energía y electricidad consumen comparado con otros sectores.

En Chile, a diferencia de otros países de América Latina, la principal fuente de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) corresponde al sector energía. Cuando hablamos de cambio climático y emisión de GEI, las estadísticas del Ministerio de Medio Ambiente indican que el sector energía emite el 74,7% de estos gases, principalmente mediante el consumo de combustibles fósiles (carbón y petróleo para la generación eléctrica). Esto demuestra que nuestra matriz energética y eléctrica es muy sucia.

Si descomponemos las cifras del Ministerio de Energía, el 16% de toda la energía del país la consume solamente la industria minera, mismo porcentaje que ostenta el consumo residencial a nivel nacional. Si asociamos el consumo de energía utilizado por el área de transporte usado en la minería, se traduce en que esta industria utiliza el 20% de la matriz energética. Y si sumamos el consumo eléctrico minero, la cifra aumenta al 32%.

Al analizar las estadísticas con el fin de relacionar la minería como la principal industria extractiva en Chile, y su consumo de energía -incluyendo la electricidad-, nos damos cuenta que este tipo de industrias son muy dañinas, no solo por su impacto directo en el consumo y contaminación del agua; pérdida de biodiversidad, impacto en las comunidades o injusta distribución de riqueza, sino que también tiene estrecha relación con las emisiones de gases efecto invernadero en un país como el nuestro, al ser uno de los sectores que más energía consume.

El extractivismo no sólo es minería, sin embargo, la minería es un motor importante en Chile, ya que representa el 56,8% de las exportaciones. Sólo a modo de ejercicio, el país cuenta con el 30% de las reservas de cobre del mundo y se nos ha hecho creer por largo tiempo que el cobre es el sueldo de Chile. No obstante, del total de las arcas fiscales, las empresas mineras solo aportan al Fisco un 8,9% al año 2014. Lejos de ser un aporte mayoritario en contradicción con el impulso a todo nivel que se le otorga a esta industria.

El problema que tiene el extractivismo es que no considera que estamos viviendo en un planeta con recursos finitos, y que extraerlos sin capacidad de regeneración, nos ha llevado a la actual crisis ambiental que vivimos. Situación agudizada por el evidente calentamiento global y sus efectos, como la redistribución de las precipitaciones (sequía, desertificación e inundaciones), derretimiento de glaciares, aumento del nivel del mar, migraciones forzadas, solo por nombrar algunas. Y a esto hay que agregar el hecho de que el extractivismo demanda mucha energía, la que está asociada a energía sucia proveniente de combustibles fósiles.

Seguir profundizando un modelo extractivista en un planeta finito no es más que continuar cavando nuestra propia extinción como especie. Eternizar la visión sobre que el sector minero es una salvación para los ingresos fiscales -sin considerar que estamos sometidos al vaivén de los precios internacionales de los metales o que tampoco existe una adecuada redistribución de la riqueza que genera esta industria-, no hace más que incentivar una discusión que busque migrar hacia otro modelo de desarrollo, una alternativa menos contaminante, que consuma menos energía y que finalmente sea más equitativa.

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